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Opinión

El declive

El mensaje de gran formato estaba proyectado en la antesala del ingreso al recinto. Lo leí tantas veces como pude, tal vez mis ojos estuvieron más expuestos al texto mismo, que sus obras. Esos textos que anteceden las exposiciones son como el prólogo de un buen libro, dicen mucho, pero casi siempre son ignorados. 

He visto a un joven en conflicto en medio de una confusión profunda. Le arrebata su sonrisa el estado de su mente y se agita en medio de preguntas sin respuesta. Compara sus esquinas, sufre sus fracasos y parece sucumbir ante el vacío que propicia la ausencia de su anhelado éxito. 

Al día siguiente caminé por el museo buscando en el arte inspiración y pensé en aquel hombre fresco y desahuciado, también en mí y en mis amigos. Esa tarde, encontré, una vez más; la salvación.

“Si uno pierde aquí y allá, incluso si a veces se siente como una especie de declive, es importante, revivir y tener coraje, aunque las cosas no salgan como se pensó en un primer momento”, V.V

Una de las tantas cartas que escribió Vincent van Gogh, uno de los pintores más grandes de la historia, a su hermano Theo, y probablemente una de las conmovedoras, fue la que llevaba este inolvidable testimonio, escrita el 22 de octubre de 1882 en La Haya.

El mensaje de gran formato estaba proyectado en la antesala del ingreso al recinto. Lo leí tantas veces como pude, tal vez mis ojos estuvieron más expuestos al texto mismo, que sus obras. Esos textos que anteceden las exposiciones son como el prólogo de un buen libro, dicen mucho, pero casi siempre son ignorados. 

Para mí era impactante, lo había escrito el mismo hombre que jamás vendió una obra en vida, así algunos digan que fueron una o fueron dos, para el efecto es lo mismo. Ahora bien, la frase no la escribió desde su silla de reconocimientos y victorias, nunca las tuvo en vida, nunca las conoció, sin embargo, citaba al coraje con el coraje mismo que se debe tener para vivir.

Tal vez es más transformador el fracaso, perder, romperse, quebrar, sentirse desolado y continuar con la piel rasgada, seguir, seguir a pesar de todo, a pesar de la distancia, del frío, el abandono, la envidia, el dolor, el infortunio, los múltiples intentos, las heridas, desencantos y mentiras, las burbujas, el fango y los fantasmas.

Solo el hombre que logra reflexión sin necesidad de éxito, puede trascender a sus dolores y liberarse de sus condenas, entender su destino y construir alrededor de su campo de acción un eje de resonancia que sea más legado que trofeo. 

Las voces del silencio, las casas sin ventana, los miles de hombres y mujeres en las calles sin registro solemne de estadio o patrimonio, llevan por dentro esa fortuna, tienen en su ADN ese mensaje indestructible que no ha sido escuchado.

Es nuestro deber, desde esta orilla, crear esos espacios, abrir ese debate, escuchar esos latidos, promover esos encuentros y alimentar esos caminos. Sin temor a equivocarme encontraremos en ellos un caudal de aprendizaje, un derroche de talentos y aptitudes, nuevas voces, un mar de enseñanzas tan valiosas y profundas como las escritas por Van Gogh a su hermano Theo, pues ellas no advertían nada diferente a un hombre en busca de su espacio más honesto y, en ese tránsito, hay tantos como él, no esperemos a que mueran para ver si entonces brilla su energía y lo vivido, lo pensado y lo sentido.

Cuando volví donde Simón, mi joven amigo afligido, no me atreví a darle ánimo, solo a decirle que es posible que las cosas nunca salgan como lo imaginamos, que es posible que siempre sintamos el declive, pero nada de eso puede silenciarnos ni quitar de nuestra mirada el resplandor que es distintivo de los seres para los que no anochece cuando termina el día.

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