El Heraldo

¿Qué pasa con la música de carnaval?

Hace unos años, una tarde de lunes de carnaval, el Coliseo Cubierto era de ensueño. El cartel que se presentaba en esos festivales de orquestas tenía todos los ingredientes de una nómina de lujo: La Billo’s Caracas Boys, Los Melódicos, Oscar D’León, La Sonora Matancera, Celia Cruz, Juan Piña, La Sonora Matancera, El Gran Combo, Nelson y sus Estrellas, Cuco Valoy, Pacho Galán, Adolfo Echeverría, Porfi Jiménez, Fruko y sus Tesos, Joe Arrollo, Dimensión Latina, Nelson Henríquez y un largo etcétera de estrellas.

Eran los tiempos en los que un Congo de Oro valía un potosí, como decía el inolvidable Norte. Pero también los artistas le daban al público un valor único. Recuerdo la tarde de los 80 en la que Óscar D’León perdió un apetecido Congo por repetir María a pedido histérico de la gente. El tiempo pasa y el menú cambia. El paladar también. Y en eso ayuda, o para ser más preciso, perjudica la radio local y su extendida mano con sombrero en la punta de los dedos pidiendo la payola, esa práctica que debería ser tipificada en el Código Penal como delito.

Es la payola el mecanismo irregular y antiético por medio del cual muchos programadores musicales y emisoras exigen dinero a casas disqueras o artistas para impulsar sus canciones. No importa su calidad. El que paga, promociona y vende. Y de ahí viene la debacle musical que estamos enfrentando por estos días, a pesar de los esfuerzos de muy pocos medios. Aquí quedan todavía algunos valientes Quijotes como Efraín Peñate, tozudo y conocedor de la música tropical, quien se caracteriza por sus críticas y por su valioso criterio. O Álvaro Ruiz Hernández, que tanto aporte ha hecho a la historia de la música local. O Fiorillo, con su bien lograda Cueva en el Aire.

Pero las nuevas generaciones de hombres y mujeres de la radio tienen más interés en facturar que en opinar. Y eso se nota. Ocurre que ahora el nuevo mercado es movido por la popularidad y el raiting, y no cuida el patrimonio, una palabra que se usa para enarbolar el carnaval cuando se necesita, pero a la que no se la hace honor ni se le da cabal cumplimiento.

Y no se le hace honor cuando se toman decisiones desacertadas como en la escogencia de algunos artistas para presentaciones importantes del Carnaval. Sí, es cierto que el menú cambia y el gusto también, pero no hay excusa para que no se midan bien las contrataciones. Es lógico que la selección de un artista se haga considerando que tiene un público que lo sigue, pero debe existir un mecanismo que obligue a la presentación de grupos tradicionales junto a orquestas foráneas o de aires distintos a los auténticos relacionados con el carnaval.

La postura puede sonar cavernícola, pero inequívocamente es necesaria, porque o de no, ¿cuál es la base del patrimonio? Y además, ¿de qué está hecha la tradición, si no es de la historia y la memoria?

mendietahumberto@gmail.com

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