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Mensajes de África

Tambores en la noche es un libro para leer frente al mar, para descifrar en la brisa el olor a cangrejo y ron caña que exhalan los espolones. Los poemas de Artel refrescan las formas de la poesía colombiana con una oleada de nuevas sonoridades, con una cadencia polirrítmica y transculturadora de lejanos ancestros africanos.  Está, desde luego, la  piel litúrgica del tambor, con su fervor marinero, pero también los vientos casi tan remotos como melodiosos de múltiples  gaitas y guitarras, dialogando con el bostezo nostálgico de los acordeones.

Si consideramos al militar y político baranoero Juan José Nieto en su asombrosa faceta de escritor de ficciones, podríamos decir también que su novela Ingermina o la hija de Calamar, escrita en oscuras mazmorras de Cartagena y Panamá, y publicada en Kingston en 1844, es una de las expresiones primordiales de eso que podríamos llamar el anchuroso espacio que constituyen para Colombia las letras del mar afrocaribe. Es cierto que el relato histórico que presenta Nieto no es africano, sino amerindio, pero es inobjetable que uno de sus asuntos prominentes es la esclavitud. La obra de Nieto, en tanto autor afrodescendiente, se anticipa en otro género a los Cantos populares de mi tierra (1877), de Candelario Obeso, obra precursora de entrañable sensibilidad que contiene la célebre Canción del boga ausente, una de las letras más memorables de la llamada «poesía negra» en América Latina, con su nocturna lamentación: «Qué triste que está la noche, la noche que triste está. No hay en el cielo una estrella…Remá, remá».

Ya instalado en el siglo XX, un tercer autor consigue a punta de talento quebrantar los límites del tiempo, el poeta cartagenero Jorge Artel, autor del inolvidable poemario Tambores en la noche (1940). La poesía de Artel, letrado seudónimo de Agapito de Arcos, se vale del ritmo, de la musicalidad, para elevar al viento un vigoroso canto de libertad, de resistencia, de identidad afroamericana.

Tambores en la noche es un libro para leer frente al mar, para descifrar en la brisa el olor a cangrejo y ron caña que exhalan los espolones. Los poemas de Artel refrescan las formas de la poesía colombiana con una oleada de nuevas sonoridades, con una cadencia polirrítmica y transculturadora de lejanos ancestros africanos.  Está, desde luego, la  piel litúrgica del tambor, con su fervor marinero, pero también los vientos casi tan remotos como melodiosos de múltiples  gaitas y guitarras, dialogando con el bostezo nostálgico de los acordeones.

Y al amparo de esas formas bien logradas, levantándose con firmeza, la voz de un hablante lírico que dice sin complejos, sin afán de blanqueamiento alguno: «Negro soy desde hace muchos siglos. Poeta de mi raza, heredé su dolor. Y la emoción que digo ha de ser pura en el bronco son del grito y el monorrítmico tambor. El hondo, estremecido acento en que trisca la voz de los ancestros, es mi voz. La angustia humana que exalto no es decorativa joya para turistas. ¡Yo no canto un dolor de exportación!».

Genuina voz afrocaribe la de Artel, sin odios ni temores, que sabe cantarle al dolor de «las naves dolorosas donde acaso vinieron los que pudieron ser nuestros abuelos. —¡Padres de la raza morena!—». Voz de los ancestros que galopa en el viento de la tarde y contempla en sus pupilas «caminos de nostalgias, rutas de dulzura, temblores de cadena y rebelión». Genuina letra del mar afrocaribe, sin imposturas ni oportunismos, que habla de bogas adolescentes, de maracas ebrias, de sensualidad de mulata, de identidad, de bullerengue y, después de evocar los misterios del jazz y del porro, es capaz de preguntar:

«¿Y quién ha de dudar que aquel abuelo no pudo ser un príncipe, bajo la luna, perfumada por las nubes errantes de su aldea? Apoyado en el crepúsculo contempla a las mujeres cultivar el maíz y la canción…Último patriarca de Palenque: ¡Bien sabes que desde tus fogones crepitantes África envía sus mensajes!».

orlandoaraujof@hotmail.com

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