La noticia del asesinato de la menor María José Ortega, acontecido el pasado fin de semana, de nuevo evidenció el inquietante grado de vulnerabilidad al que estamos expuestos. Cuando la víctima de cualquier atrocidad es un menor de edad suelen despertarse los sentimientos más primarios de todos nosotros, que comprendemos que a los niños se les debe protección y cuidado, y que nada justifica agredirlos, mucho menos fatalmente. Cada vez que estas noticias nos llegan, lo que tristemente se repite de tanto en tanto, pierdo un poco la esperanza de que logremos mejorar nuestra convivencia y nuestro grado de confianza en el prójimo, lo que a mi modo de ver es la subyacente verdad detrás de las manifestaciones violentas que definen este país.
No me cabe en la cabeza lo que motiva a una persona a matar a un inocente, a quien no le ha hecho daño alguno, ni logro comprender qué tipo de mecanismo mental permite levantar un arma y accionarla a conciencia contra una niña de seis años. Sospecho que quien ha cometido tal infamia no tiene arreglo, o si lo llegase a tener, supongo que demandaría un esfuerzo enorme por parte de médicos psiquiatras o psicólogos. Siempre me pregunto qué viene después de haber sido capaz de perpetrar semejante aberración, qué otro tipo de bajeza se puede concebir para superarla, para ahondarse en horrores más espeluznantes. Es mejor no saberlo.
En columnas anteriores he expresado que la seguridad y la justicia constituyen la mayor responsabilidad que tiene el Estado, seguidas por la prestación de servicios públicos y vías de comunicación. Cuando en una sociedad de libre mercado estas cosas funcionan, al menos aceptablemente, todos los demás componentes del desarrollo poco a poco van llegando. Por eso estos casos tan sensibles deben acometerse con mucho juicio, porque en cierta medida ponen en jaque el bienestar de todos. Es perturbador pensar que compartimos nuestra ciudad con personas que son capaces de matar por unos pesos, o por rabia, o incluso por capricho; a quien sea y como sea. De nada sirve pagar impuestos si seguimos conviviendo con monstruos que van actuando como les place, dejándonos al resto en un estado de relativa indefensión.
Temo que en unos pocos días este asesinato se nos va a olvidar, quizá reemplazado por otro, que será olvidado apenas el próximo acontezca. Y así, mientras tanto, nos aburrimos de leer que a diario capturan y sueltan a individuos cuyo único motivo en la vida parecería ser el de sumar anotaciones judiciales (¿para qué sirven?), y tomarse fotos con policías. A los que intentamos no hacer daño, no nos queda más que rezar para que el azar evite que nos crucemos con alguna de esas personas. Paz en la tumba de María José y consuelo a su familia.
moreno.slagter@yahoo.com








