El Heraldo
Opinión

Ser profe de u. en protestas y pandemia

La humanidad va rumbo a completar un año y medio en pandemia. Atrapados en el caos y la incertidumbre, que con esfuerzo hemos aprendido a administrar, la educación ha sido protagonista y afectada.  

En todos los niveles. Esto es complejo para una profesora de kínder y sus pequeños alumnos, y lo es para un profesor universitario y sus estudiantes. Hay que vivirlo para poder hablar de ello. De la presión que ha significado rendir como docente a pesar de lo que ocurre fuera de esa pantalla a través de la cual nos intentamos a toda costa comunicar quienes quieren aprender, pero que a su vez están hastiados de una crisis sanitaria global y un país en llamas.

Supongo que ser estudiante en estos tiempos es también retador; sin embargo, en esta columna me enfocaré en esgrimir algunas reflexiones de la labor que venimos realizando los que estamos del otro lado, los profesores. Para ver si así, padres y población en general, comprenden que a pesar de estar agotados seguimos ingeniándolas para que una clase en Zoom o Google Meet sea atractiva para un veinteañero.

Cuando la educación a distancia llegó a nuestras vidas creímos que sería temporal, cuestión de un mes máximo y que posterior a ello regresaríamos al salón de clases. Pero no ha sido así, y aquí vamos casi 14 meses después en las mismas. Los estudiantes se distraen, les varia su motivación según el estado de ánimo, y la interacción con ellos se ha perdido en gran medida. Es posible que en un posgrado con una población de otra edad esto sea más manejable, pero créanme ver a los ojos a un alumno cada tanto es esencial para exprimir lo mejor de él. 

En mi caso soy profesora hace ya casi una década de Ciencia Política, dicto administración pública, y vengo dedicándome a enseñar casi desde el día siguiente que regresé de Europa al terminar mis estudios de maestría. Y hasta el sol de hoy, puedo asegurar con firmeza, que las dos semanas que acaban de pasar han sido las más complicadas de digerir. Unos estudiantes caldeados –y con razón– por el encierro y por un país que no les da garantías. Los míos, teniendo en cuenta a la facultad que pertenecen, tienen además un perfil argumentativo y con posiciones firmes. Nosotros mismos como docentes somos quienes les hemos transmitido conocimiento y enseñado habilidades para que así sean. Un curso de ciencia política está habitado por todo tipo de ideologías, y en la institución a la que pertenezco todas ellas se respetan, aunque no se compartan. 

En el claustro profesoral sucede algo similar, cada uno de nosotros tiene su propia percepción de lo que está ocurriendo en el país, y aunque sea difícil de imaginar, rara vez coincidimos. Tengo grandes amigos en la academia, que piensan diametralmente opuesto a mí, y ello no afecta nuestra comunicación. Hoy a un docente se le exige tanto, que solo entre nosotros entendemos por lo que hemos venido pasando y nos apoyamos. Frente a las protestas, no tuve con mis colegas una visión unificada, pero si respetuosa. Y es eso lo que debe primar. Aunque cueste, porque sí cuesta.

El panfleto intimidador y violento que rueda por allí, exponiendo a profesores universitarios por sus posiciones personales ante lo que ocurre en la ciudad o el país, es un verdadero asco. Una pieza reprochable que debe ser investigada por las autoridades. Aunque lo que quiero que quienes hoy me leen entiendan es que los profesores universitarios somos seres humanos, no máquinas. Tenemos ideología, emociones, y sentimientos. No puede ser que además de tener que lidiar con todo lo que estamos viviendo, además algunos víctimas de los radicalizados tengan que temer por sus vidas. Es inadmisible.  

@kathydatos

 

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