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Opinión

La Costa es otra cosa

El Día de La Raza, se decía antes para conmemorar el Descubrimiento de América. 

El pasado 12 de octubre me hacía la pregunta de cómo se debe nombrar ese día primigenio del Nuevo Mundo en el hemisferio occidental. Creo que fue lo que pasó, guardadas las proporciones, -o las desproporciones-, en el libro del Génesis, cuando se contó la creación del Cielo, la Tierra, el Paraíso, Adán y Eva. 

Después vino la prohibición de nombrar a Dios, el Creador, por su nombre, pues Él es el innombrable. Pensé también que la dificultad para nombrar el doce de octubre radica en prohibiciones y disputas históricas: decir “la raza” es impropio hoy día, y referirse a  Colón como descubridor de América también. Por poco menos que eso están descabezando las estatuas del genovés, judío o converso, o como se deba llamar, que se levantaron en otras épocas para inmortalizarlo. Un año antes de la celebración de los 500 años del encuentro de Dos Mundos, recibí una llamada telefónica del historiador Germán Arciniegas, en la que me contaba que los Americanistas querían tener un encuentro internacional en un lugar  diferente a Bogotá. Que a él le parecía que el sitio ideal era Barranquilla. Que estaba invitando a que la Universidad del Norte fuera la sede del encuentro. Que si me sonaba. Claro que sí, Maestro Arciniegas, le dije sin dudar. Y así fue. Al año siguiente, 1992, cuando se conmemoró el Quinto Centenario del Descubrimiento, tuvimos aquí una semana prodigiosa, por su altura intelectual, en la que se dieron cita los estudiosos e historiadores más diversos y destacados de Europa y América.

Me vinieron a la mente todos esos hechos, como si los estuviera viviendo, mientras leía una crónica de Leopoldo Villar Borda sobre el 12 de octubre, publicada el fin de semana anterior en El Tiempo, en la que narra cómo, tras disparidad de criterios, el Gobierno de César Gaviria había disuelto la Comisión, presidida por Germán Arciniegas, que Belisario Betancur había creado en 1983 para conmemorar los 500 años de América. Lo que no se acabó de contar en la Crónica de Villar Borda fue que tuvo lugar otra celebración, ya no oficial pero sí muy brillante, en Barranquilla. Como Bogotá no fue la protagonista del Encuentro, la prensa nacional no fue generosa en registrarlo, pero a los historiadores venidos de Suecia, Francia, España, Canadá, las Antillas, México y Latinoamérica, entre otros, les quedó claro que hablar en el Caribe, y desde al Caribe, sobre el acontecimiento central de ese año, justamente aquí donde se da la confluencia geográfica de las islas, el mar, el litoral de tierra firme desde los primeros días del Descubrimiento, era el escenario absolutamente indiscutible que quedó para siempre en los escritos de los Cronistas de Indias. 

El Caribe es un hecho ineludible para contar el Encuentro de Dos Mundos. Y para encantarse con las palabras que Bartolomé de las Casas puso en labios de Colón: “porque creo que allí es el Paraíso Terrenal”. América es otra cosa, decía polemizando Arciniegas. La Costa Caribe sí que lo es.       

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