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Opinión

Islas devastadas

Los avances en las predicciones sobre la formación de tormentas tropicales, como los del Centro de Huracanes en Miami, son sorprendentes.

Entre los numerosos relatos que cuentan el paso arrasador del huracán Iota por Providencia, un turista hospedado en la casa de un isleño entregó una imagen terrorífica: un pariente lo arrastró a un monte para amarrarlo a un árbol al que permaneció tres horas atado con cuerdas para que no se lo llevaran los vientos embravecidos, mientras veía volar neveras, colchones, tablas, infinidad de objetos. Hay que vivirlo para sentir de veras el horror.

Todas las tierras del Caribe, las islas, las costas, el archipiélago de San Andrés y Providencia, Centroamérica, han sido golpeadas por el naufragio que nosotros, viendo llover en días sin parar pero con daños inigualables,  no podíamos imaginar. Y aunque James J. Parsons asegura en su libro sobre el archipiélago colombiano que Providencia ha soportado los destructivos huracanes de 1818, 1876, 1877, 1906, 1940 y 1961, uno tiene la impresión de que este ha sido el más destructor, y apenas el primero de la lista de los que vendrán, no solo en este año lluvioso como nunca antes sino de ahora en adelante, cuando los pronósticos y estudios auguran las peores tempestades bajo las nuevas condiciones que el cambio climático está operando con inclemencia en la zona del Caribe.   

Es un lugar común referirse al calentamiento global para tratar de entender la catástrofe universal climática de la que los habitantes del Caribe tampoco nos salvamos. Nos preciamos de vivir, y con razón, en una especie de paraíso terrenal que Las Casas describió en los diarios de Colón a medida que iban descubriendo las bellezas naturales del Nuevo Mundo. El gran poeta  de la negritud Aimé Césaire cantaba con palabras radiantes en sus poemas de retorno al país natal, a su isla Martinica de las Antillas, al llamarla “tierra bendita”, “tierra de cañaverales que murmuran en los magníficos crepúsculos”. Y el escritor cubano Alejo Carpentier derramó en sus escritos descripciones de una gran vitalidad para confirmar que lo común y lo cotidiano del Caribe son asiento del realismo mágico que tanto marcó a la literatura posterior.

¿Estamos perdiendo esa geografía de belleza terrenal bajo la violencia de los huracanes, que siempre han sido, pero que ahora y en el futuro serán más devastadores? La ciencia geofísica prevé que los tsunamis también llegarán al Caribe colombiano, un fenómeno que nunca podíamos sospechar en estos litorales tranquilos, salvaguardados de la ruta que hasta ahora tomaban los huracanes por encima de la Guajira y con rumbo hacia el Golfo de México y la Florida. 

Los avances en las predicciones sobre la formación de tormentas tropicales, como los del Centro de Huracanes en Miami, son sorprendentes, aunque se den comportamientos arbitrarios de esas masas tormentosas que vienen de África y entran con furia creciente a las Antillas. Al fin de cuentas, se sabía que Iota iba a pasar por San Andrés y Providencia, como en efecto sucedió. Sería imperdonable que para el futuro próximo no hayamos aprendido que lo peor del cambio climático está por venir pero que la ciencia lo puede predecir.

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