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Banana Republic

El miércoles pasado por la tarde estaba mirando las noticias de prensa que mostraban a una turba llegando al Capitolio de Washington, encaramándose por las ventanas, enfrentándose a palo y puño limpio con la policía y pisando rabiosa los brillantes pisos de mármol del Congreso de los Estados Unidos. 

Me tuve que restregar los ojos para darle crédito a lo que veía. ¿No estaba viendo visiones?¿Era realmente el Capitolio de la mayor potencia mundial? ¿No sería uno de esos videos tan absurdos que corren ahora cada rato por las llamadas redes sociales? 

También me vinieron otras imágenes que salían del archivo de la memoria en las que veía una multitud quemando iglesias y buses en pleno Santiago de Chile en tiempos recientes. O los videos de las llamadas protestas pacíficas de año antepasado en Bogotá, que terminaron en saqueos y destrozos de centros comerciales. Pero no, no estaba delirando. Hasta alcancé a oír la voz archiconocida del presidente Trump que acusaba de fraudulentas, una vez más, las elecciones que lo derrotaron frente a Biden, pero que al final de todo el desastre invitaba a la montonera a volver tranquila a sus casas, tras saludarlos cariñosamente con un “los amo”.

En un pasado que aún no termina de olvidarse por obra de los manuales de historia, crónicas y novelas, a países exportadores de banano de Centro y Suramérica hacia los Estados Unidos se les ha aplicado el término despectivo de “Banana Republics” ya que han sido precisamente teatro de golpes de estado y revueltas contra dictadores. La expresión “república bananera” se emplea, por tanto, con sarcasmo para marcar a nuestras naciones con el baldón de la permanente inestabilidad institucional y democrática.  En consecuencia, se nos define así por más de cien años de historia en los que ha acontecido la evolución de nuestras democracias, con dificultades pero con avances.

Con todo lo sucedido en Estados Unidos tras las elecciones de noviembre, a lo que se suman la violencia y el asalto al Congreso el miércoles pasado en Washington, da la impresión de que hemos entrado en una era de inestabilidad política mundial, que contagió  a  los Estados Unidos, primera potencia planetaria muy admirada por lo demás. Hay razones para temer que puede venir una mayor polarización política, en contravía de la historia republicana estadounidense que ha mostrado una enorme fortaleza democrática e institucional. Intelectuales rancios y del antiguo régimen de inicios del siglo XIX como el francés Alexis de Tocqueville la habían ponderado en su tratado “La democracia en América”. 

Pero en medio de la vergüenza nacional, el asalto al Capitolio fue calificado por el gobernador del estado de Nueva York, Andrew Cuomo, como “un intento de golpe de Estado fallido”, y el ex presidente republicano George W. Bush dijo por su parte que “todo esto es propio de una república bananera”, expresiones que aluden, sin proponérselo, a las naciones del Sur de América donde las democracias se perciben tambaleantes. Esperemos que no sea el destino inmodificable de nuestra región.

 

 

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