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¿Adiós, infancia?

Pareciera que el encerramiento de niños y jóvenes fuera apenas una etapa transitoria que se va a superar tras uno o dos años que dure la pandemia sin dejar secuelas. Temo que no va a ser así. Me baso en los estudios de miles de pensadores de la educación: caminamos hacia unos cambios negativos en las mentes y sentimientos de los infantes y adolescentes. Estamos aún a tiempo de retornar a las aulas.

En un internado de colegiales durante la ocupación de medio territorio francés por los  nazis, un joven que oculta su origen judío cambiándose el nombre por uno típicamente francés, con la aprobación de los padres carmelitas que dirigen el colegio, vive la Segunda Guerra Mundial en un ambiente de tensiones, en el que  se gana la amistad de uno de ellos que descubre su judaísmo, pero que se convierte en su mejor amigo por encima de los prejuicios.  Una mañana de invierno la policía secreta de los nazis, la temible Gestapo, llega al colegio y, tras varias requisas, comprueba que hay tres niños judíos entre los jóvenes. Los detienen, junto con el padre carmelita que les dio asilo, y se los llevan. Terminarán más tarde muriendo en un campo de concentración.

La película del realizador francés Louis Malle, rodada en 1987, lleva por título en francés Au revoir, les enfants que han traducido al español como Adiós a los niños, es profundamente conmovedora y refleja la bondad y también la crueldad de la condición humana. Lo bueno, lo verdaderamente alentador en términos humanos, sucede entre los estudiantes que van limando sus asperezas naturales gracias a una educación basada en valores morales y trascendentes. Porque la educación, la que transforma, consiste en hacer de puente para que desde niños aprendamos a conectar con lo más elevado que hay en nosotros para reencontrar la bondad que en fin de cuentas anida en el ser humano.

Solo pensar en esa capacidad que tiene la educación de tender puentes entre lo natural y lo humano, de volvernos más sociales, de convivir con los otros para aprender a vivir juntos, dejando atrás lo salvaje que nos acecha, ayuda a comprender mejor el enorme peligro deshumanizador que estamos corriendo con esta pandemia cuando niños y jóvenes no pueden volver aún a los entornos escolares, apartados de sus compañeros y maestros, que son la base y condición para entrar en comunidades educativas que han sido diseñadas por los mejores pedagogos con el objetivo de adquirir conocimientos, cierto, pero más que eso, con el fin de que aprendamos a convivir, a saber dialogar, a entendernos como parte de una construcción colectiva en la que deben primar la fraternidad, la solidaridad, la vida recta y moral, sin dejar de lado la alegría y el compañerismo. En la escuela se trata de aprender y actuar siguiendo valores éticos, pero no bajo la férula de la tristeza y el castigo. Todo lo contrario.

Pareciera que el encerramiento de niños y jóvenes fuera apenas una etapa transitoria que se va a superar tras uno o dos años que dure la pandemia sin dejar secuelas. Temo que no va a ser así. Me baso en los estudios de miles de pensadores de la educación: caminamos hacia unos cambios negativos en las mentes y sentimientos de los infantes y adolescentes. Estamos aún a tiempo de retornar a las aulas, de reabrir los colegios con bioseguridad, de volver a aprender y a jugar antes de que sea demasiado tarde. Antes de que tengamos que decir no solo “adiós a la infancia”, sino también adiós al crecimiento humano.

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