El Heraldo
Opinión

La fe en lo posible

Cuando uno lee una noticia positiva: la del niño liberado después de un secuestro, o la de la petrolera que halló crudo al cabo de sus exploraciones, o la de la calificación del Fondo Monetario Internacional de Colombia como la 5ª economía que más crece, o la de aquel pacto para dignificar el trabajo, todas son buenas nuevas que estimulan y fortalecen la fe en el país, en sus gentes y en el futuro de todos. Y, a pesar de todo, de los fracasos, de los odios, de la corrupción, esas noticias hacen ver que lo posible sí es posible.

Ejerce un sano influjo sobre el ánimo individual y el colectivo, comprobar que lo posible está ahí y que puede volverse real.

Además, crece el aprecio de uno mismo cuando comprueba que si lo bueno que estos hicieron fue posible, ¿por qué no ha de serlo en nosotros y en nuestra sociedad?

Por el contrario, la dañina preferencia por las malas noticias en los medios crea un desaliento y una perniciosa convicción de que los países y el mundo no tienen salida. Así lo sugieren las noticias casi diarias sobre Siria, o sobre migrantes que llegan a los puertos europeos y son rechazados, o las crónicas sobre las fugas sin esperanza de los venezolanos. Contrastan con esas lúgubres informaciones, las que ha reunido el Copenhagen Consensus Center, citado por su director Bjorn Lomberg, y que demuestran que, en vez de retrocesos –como uno imaginaría al leer los diarios titulares negativos– a pesar de eso la humanidad progresa.

La expectativa de vida, por ejemplo, que en los 90 era de 65 años, en 2016 fue de 72,5 años; o sea, 7,5 años ganados en los últimos 26 años; la misma comprobación se da en niveles de pobreza extrema, que en 1990 eran del 37%. 28 años más tarde, 1.250 millones de personas en el mundo han dejado atrás la pobreza extrema. En el mismo período, 2.600 millones de personas que no lo tenían disfrutan del acceso al agua potable; el desempleo, que era del 10% en 1996, descendió al 6,6% en 2015; en 1970 morían durante su primer año 87 niños por cada mil habitantes, hoy son 13.

Si hoy la televisión colombiana puede destacar en las marchas estudiantiles el gesto de los manifestantes que saludan de mano a los policías encargados de controlar su protesta, también podrían esos mismos medios encontrar y señalar las expresiones y acciones positivas de los colombianos. Cada una de esas informaciones en clave de si pone en evidencia un valor que, aunque existe, no ha sido mostrado y que revela que sí es posible la convivencia con los contrarios o los diferentes; que existe la honestidad y que los honestos también hacen la historia común.

Con la misma eficacia con que los titulares e informaciones de vergüenza nos convencen de que vivimos en un país abominable y sin remedio, las noticias sobre la multitud de colombianos buenos descubren una Colombia admirable y activan todo el potencial de la esperanza colectiva.

Descubrir en las informaciones que la honestidad existe como posibilidad y como realidad, asegura que un futuro mejor es la realidad que nos espera. Y esa sí que es una buena noticia.

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