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Verdades incómodas

La innovación biomédica logró un gran éxito al desarrollar las nuevas plataformas para crear vacunas, pero esto poco servirá para proteger a la especie ante una nueva amenaza infecciosa, si el acceso a ella sigue dependiendo de la posibilidad de pagar por el proceso que llevó a su desarrollo.

Una de las oportunidades que se ha materializado durante nuestro tránsito por esta dolorosa pandemia, ha sido la de aumentar nuestra capacidad para asistir, sin las limitaciones impuestas por las distancias físicas, estrecheces de agendas o restricciones presupuestales, a eventos académicos en los que se desarrollen temas que sean de nuestro interés.

El pasado fin de semana, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, se realizó un conversatorio virtual con Alejandro Gaviria y Claudia Vaca en el que se hizo el lanzamiento del demo del libro interactivo “Verdades incómodas en la salud pública global”.

Los autores explicaron que el sugestivo título tiene su origen en el concepto de “idea peligrosa”, usado por primera vez en la última década del siglo pasado para referirse a aquellas ideas que nos hacen dudar de nuestras convicciones más intimas, alejándonos de ese mundo de certidumbres morales en el que nos sentimos tan a gusto y en el cual las decisiones que tomamos se basan en lo que históricamente ha sido rotulado como bueno o malo; en el que no toleramos el relativismo y a los dilemas éticos les damos poco espacio para generarse.

En salud pública global, exponen los autores con mucho acierto, las verdades incómodas han tenido que ser enfrentadas con mayor frecuencia en los últimos años, por lo que se hace necesario que como sociedad nos preparemos colectivamente para abordarlas. La legitimidad que tenemos que construir acerca de ellas solo la podremos aceptar si la originamos dialogando, aun sabiendo que esta siempre será parcial, incompleta y compleja.

De la presentación he extraído para esta columna un par de ejemplos de verdades incómodas que contextualizaré con la pandemia. Ellas son: La inequidad en el acceso a las vacunas que se ha generado por las patentes asociadas a su desarrollo y el exceso de utilización de los servicios de cuidados intensivos que se puede crear por la expansión mundial que se hizo de su oferta.

Con respecto a la primera, resulta inquietante cómo el modelo mundial vigente de propiedad intelectual basado en el secretismo, se terminó convirtiendo en el principal obstáculo para la distribución equitativa de las vacunas entre los países. Es hoy innegable que el desarrollo de la pandemia se verá alterado, para más de la mitad de la población mundial, por la posibilidad de inmunizar de manera oportuna.

La innovación biomédica logró un gran éxito al desarrollar las nuevas plataformas para crear vacunas, pero esto poco servirá para proteger a la especie ante una nueva amenaza infecciosa, si el acceso a ella sigue dependiendo de la posibilidad de pagar por el proceso que llevó a su desarrollo. Por difícil que sea, se hace necesario que con la participación de todos se definan los parámetros que a futuro permitirán catalogar algo como bien público mundial. 

La segunda es incómoda, incluso en el ámbito nacional: la obstinación terapéutica que podríamos llegar a padecer como pacientes, por el sobreuso de la mayor disponibilidad de camas de cuidado crítico, es una amenaza de la que debemos protegernos con el diálogo entre los actores. Sociedad civil, entes gubernamentales y agremiaciones científicas tenemos que enfocarnos en garantizar que el pequeño número de colombianos que hoy pueden ejercer su voluntad de morir en sus hogares, al menos se mantenga.

La grabación de la actividad a que me refiero en esta columna está disponible en la web con la etiqueta #LaUNALenlaFILBo.

@hmbaquero

hmbaquero@gmail.com

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