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Opinión

Cambiar o perecer

Estamos expuestos a la inestabilidad, ilegitimidad e ingobernabilidad por doquier.

Llegamos tarde a la democracia liberal. Esta ya no responde a los reclamos y necesidades del presente. Estamos ad portas de estallidos sociales y las élites no ven o no entienden lo que está ocurriendo. Su torpeza e incomprensión nos ponen en riesgo. Nos acercamos a graves disturbios políticos y a pasar de un larvado e invisible abuso del poder, a una situación de descomposición develada, que día tras día se hace más incontestable y difícil de ocultar. 

Estamos expuestos a la inestabilidad, ilegitimidad e ingobernabilidad por doquier. Estas son expresión de la inoperancia e incapacidad del Congreso, ineficacia y luchas internas auto depredadoras en los partidos, arrogancia, mentira y cinismo del poder en su comunicación con los ciudadanos y la comunidad internacional, y de la nula empatía del gobierno con la ciudadanía. Cunde el rechazo a las instituciones desde las instituciones mismas, presión del Estado al Estado, división de las mayorías agenciada desde el gobierno y el clivaje político y gubernamental a favor de los más poderosos. Crece la vulnerabilidad de los ciudadanos y de los territorios por la ausencia de Estado y pérdida de control de los mismos, la peligrosa y amenazante concentración del poder por el ejecutivo, el debilitamiento y arrinconamiento de la justicia, ya afectada por incoherencias y bandazos jurídicos, y la disociación entre la población y la policía nacional.

La expresión ciudadana ya no puede ser controlada a través de los partidos. Entonces se acude a la coerción y manipulación desde medios de comunicación dedicados a opinar, juzgar y condenar. Las causas ciudadanas no son atendidas y los gobiernos no dialogan honestamente con los ciudadanos sino con los más afortunados. Frente a los legítimos reclamos de la población, la respuesta es incentivar el abuso y atropello de la autoridad y la descalificación de la participación ciudadana, originada en el miedo. Prima el señalamiento, ya perenne en la historia de Colombia, de que todo el que piense y actúe de manera diferente a las élites y sus instrumentadores ideológicos, son enemigos, vándalos, violentos, terroristas o izquierdistas. 

Se está conduciendo lentamente al país a un despeñadero. Por la vía de la recurrente mentira seguiremos en el siglo XIX y desaprovecharemos esta nueva oportunidad para realmente avanzar con todos los colombianos. El enemigo es el narcotráfico, el crimen organizado, la violencia y la exclusión social. Con el miedo al cambio y a los reclamos sociales se impide que las cosas se muevan. En este contexto, y por la tozuda postura de los gobernantes y dirigentes políticos, no consolidamos ni transformamos la limitada democracia que hemos tenido, sino que nos dirigimos a su descalabro. Se diría que no entendemos o no nos importa lo que está pasando.

Y el primer actor para tratar nuestras dificultades y superarlas, tristemente hoy, ya no son los partidos. No es la democracia la que está en crisis. Está en crisis la democracia que hemos conocido, la liberal, que se quedó corta en el presente, pues ha estado basada en privilegios. De esta manera, la sociedad colombiana no se transformará.

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