El 7 de agosto quedamos con esa sensación, tanto por la ceremonia de posesión presidencial como por episodios anteriores: el nuevo gobierno maneja dos caras.

Ese día una fue la del discurso presidencial y otra la del presidente del Senado.

El presidente Duque con su llamado a la unidad y a la superación de odios, mostró un rostro conciliador y de altura espiritual y política; pero ese discurso resultó opacado por la agresividad del vocero del Senado y de su partido, que estimuló los sentimientos contrarios. ¿A quién creerle?

Por esos días se había destacado en las noticias el apoyo del presidente electo a la consulta anticorrupción. Parecía lógico que así fuera, porque quién que no reconozca el daño que le está produciendo al país ese cáncer enquistado, sobre todo en el sector público y en la clase política. Sin embargo, uno de los primeros actos del gobierno Duque fue la presentación de tres proyectos de ley sobre corrupción que tienen que ver con dos de los siete puntos de la consulta. ¿Y de los otros cuatro qué? ¿Cuál es el impacto de este acto presidencial sobre la consulta que ya su partido desechó? Fueron preguntas que se formularon y respondieron públicamente y que, otra vez, dejan la idea de que el gobierno juega a las dos caras.

Esa misma percepción dejó la ministra de minas cuando se mostró favorable al uso del fracking en los trabajos de explotación petrolera. Durante su campaña presidencial Duque había dicho que el país no tiene potencial de fracking en los próximos cuatro años. Entonces se manifestó decidido a usar las técnicas convencionales en el desarrollo de los hidrocarburos.

Dijo la ministra que tratará de convencerlo de lo contrario porque (el fracking) “se puede manejar de modo responsable y seguro”. Aquí el uso de las dos caras sería dañino para la credibilidad del gobierno, pero aún más para un recurso indispensable como las fuentes de agua.

Una situación parecida se le planteó al presidente con el respaldo dado a las pretensiones del pueblo palestino de convertirse en Estado. En campaña Duque había aceptado la propuesta de que Colombia trasladara su embajada en Israel a Jerusalem, entonces habló de la necesidad de una coexistencia pacífica entre Israel y los palestinos; pero cuando el embajador de Israel protestó por el reconocimiento colombiano a los palestinos –decisión que Duque había recibido como herencia del gobierno Santos– el canciller Trujillo pareció echarse atrás al hablar de una evaluación de esa decisión y convocar a la silenciada Comisión asesora de relaciones exteriores. ¿Salía a la luz una doble cara?

Los malpensados creyeron ver esto en el caso de Claudia Ortiz, nombrada para presidir la Unidad Nacional de Protección. Cuando en los medios aparecieron las radicales opiniones de esta señora en contra de los guerrilleros reinsertados y de los militantes de izquierda, el debate estuvo a punto de encenderse. Lo impidió la decisión de echar atrás ese nombramiento. ¿Qué hubo allí?

Un juicio sereno parece encontrar que el gobierno quiere dar una sola cara y por eso no teme enmendar errores.