De pronto, el mundo se dividió en dos combinaciones de colores: por un lado, blanco y dorado, y por el otro, negro y azul.

Por más que los expertos se descerebraban tratando de explicar por qué a veces se ve de una forma o de otra, los internautas seguían insistiendo: los unos decían que blanco y dorado, y los otros, que negro y azul. Tampoco tuvieron en cuenta las explicaciones de la casa de moda, que dijo, simplemente, que ellos solo trabajan con una de las tonalidades en discusión.

Aunque no faltó el desadaptado que viera un marrón atravesado, hasta las estrellas de cine y los cantantes famosos siguieron mediando en la disyuntiva, la única que, por todos estos días, gobernó al mundo.

Los críticos del ‘Color del vestido’, como se le conoció al fenómeno, atribuyeron la escalada en las redes sociales a la falta de oficio.

A simple vista lo parece. Tantos problemas que hay en el mundo para que ahora estos desocupados se dediquen a discutir cuál es el bendito color del traje.

Todo empezó cuando una chica de nombre Swiked decidió pedirles a sus contactos que le ayudaran a descifrar de qué color era el vestido que colocaba al pie de su pregunta.

De inmediato se volvió viral y todo el mundo –casi literalmente– empezó a opinar.

Lo interesante es que creó tendencia, y ahora ya hay dos generaciones de ciudadanos: los Gws, o Gold and White, y los que lo ven azul y negro, o Bbs (black and blue).

Pero no es la primera vez que un hecho aparentemente banal ocupa a los navegantes y, me tomo, que no será la última.

Mi hipótesis es que hay una saturación de agendas en la oferta de información que los medios nos entregan cada día. Si revisamos la escalada informativa de cada año, nos vamos a dar cuenta de ciclos repetitivos.

De esta manera, el año pasado debió haber, por esta misma época, un paro de camioneros que, a su vez, encareció el precio de la libra de papa; el Gobierno nacional anunció un nuevo envión para el proceso de paz para ver si, por fin, encarrilaba las negociaciones, y el Junior de Barranquilla intentó sacudirse de la mala racha con la que empezó el campeonato. Para solo citar ejemplos recientes.

La agenda se ha vuelto obvia. Gris. Aburrida. Previsible.

Los hechos que la originan no están alterando el statu quo, como dicen los expertos, y, por tanto, ya la noticia no es noticia.

No porque nuestra realidad haya dejado de tener interés para los ciudadanos. Hasta allá, pienso, no llegan las exclusiones; es que la manera como la estamos presentando tiende a ser como la agenda misma.

Fíjense que, con todo lo epidérmico que ha resultado ser, se han formado discusiones serias en las redes sobre la ilusión óptica, por ejemplo. Hay otra propuesta sobre la profundidad.

Ni siquiera lo podemos mirar como tubos de escape, pues con lo divertido la gente habría tenido suficiente.

En el fondo hay una demanda de transparencia, originalidad, tono, ritmo, humor, sencillez y creatividad alrededor de los hechos.

En el fondo creo que lo que está haciendo crisis es la codificación de la propia noticia, y ni los medios ni los periodistas nos hemos dado cuenta aún. Ahora que no me vengan a decir que soy daltónico.

amartinez@Uninorte.edu.co

@AlbertoMtinezM.