El Heraldo
Opinión

¿Burbuja inmobiliaria?

¿Cuántos edificios, verdad? Un auténtico montón. Es salir a pasear y donde antes había una simpática casita o un alegre prado ahora te encuentras una torre de veinte pisos. O más. Yo tengo un amigo que está construyendo el que será el edificio más alto de la ciudad. Un coloso de casi doscientos metros de altura. Para verlo y no creerlo.

Barranquilla es un juego de Lego a cielo abierto. Miles y miles de hacendosos obreros construyendo como si mañana no fuera a amanecer y de lo que hoy hicieran dependiera su memoria ante la historia. Nada menos. Váyase usted a la parte de la ciudad a la que quiera. Donde no vea un edificio en construcción es porque ya habrán acabado el que construían hasta ayer. Pero no se preocupe. La familia que vivía allí al lado ya vendió su casa y, en su lugar, mañana empiezan a elevar un centro comercial, un hotel de lujo, un nuevo bloque de apartamentos, lo que sea, cualquier cosa, da igual, lo importante es no parar.

Y, claro, al que subscribe le entran los temores. Será por ser español y haber visto primero cómo se hinchaba y después cómo explotaba la burbuja inmobiliaria propia, será por ser un pesimista profesional, pero el caso es que a más veo que construyen, más se me asemeja lo de aquí a lo de allí.

Les cuento. Yo soy de un país donde los muchachos abandonaban la escuela porque de obrero cualificado se cobraba más que de médico o de abogado. Como lo oyen. Fueron unos años en los que los inmigrantes africanos se bajaban del bote en la playa y al día siguiente ya habían encontrado trabajo en la obra más cercana, a la semana siguiente ya les habían abierto cuenta de ahorro en el banco del pueblo y pasado un mes ya disfrutaban de una hermosa hipoteca a treinta años. 

¿Alguna vez han visto un billete de quinientos euros? Más de un millón y medio en un papelito. Pues uno de cada cuatro de todos los que circulaban por el ancho mundo vivía en mi país. ¿Y eso por qué? Bueno, no siempre se construye con dinero de segura procedencia y más segura declaración de impuestos. Seguro que me entienden.

El caso es que un día los precios empezaron a bajar. Y, donde antes se pagaba mil, ahora no te daban ni cien, donde los contratos fluían como agua en arroyo de pronto sequía, donde todo eran arriendos enloquecidos y precios desorbitados ahora nadie te alquilaba o compraba ni las lágrimas de rabia que afloraban en tus ojos al darte cuenta de que habías apostado todos tus ahorros a la ruleta de la especulación y, al final, en el casino como en la vida, la casa siempre gana.

Siete años, como las vacas flacas del sueño bíblico, duró en mi tierra el desorden. Siete años en los que más de uno y más de dos lo perdió todo. Casa, trabajo y futuro. Por supuesto, lo que pasa aquí no tiene nada que ver. Nada de nada. No hay motivo para la preocupación. Ninguno. ¿Verdad que no?

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