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Opinión

La reforma laboral

Nuestras normas laborales vigentes se aprobaron cuando el país vivía realidades mundiales distintas.

En medio de reformas estatutarias que necesita Colombia cohesionar cada día mejor, su inclusión en el mundo moderno está retrasada en varios aspectos, se encuentra la reforma al régimen laboral o sea una revisión integral y sustancial a nuestra legislación del trabajo que desde hace varias décadas no recibe una atención seleccionada y moderna. Igualmente sucede con la reforma pensional, de la justicia, de la educación, del sistema de salud, de la tributación, campos todos, áreas delicadas de la vida común de los colombianos que están acostumbrados al retoque del maquillaje, a un viaje decorativo para aplausos de las masas de protesta. Pero en el fondo no penetran en la médula de la interacción de la realidad del siglo XXI con la vida y costumbres de los connacionales.

Nuestras normas laborales vigentes se aprobaron cuando el país vivía realidades mundiales distintas. La reforma, repetimos, de maquillaje, navega solo en superficie, muy poco en profundidades. Entre estas últimas, por ejemplo, no asumimos los cambios de los últimos años que invadieron el mundo en materia científica y tecnológica. En el tiempo donde la visión y el emprendimiento empresarial eran distintos, donde el computador no existía y el internet menos, todos ellos proporcionando ahora nuevos campos de trabajo.

Tampoco ciertos sectores de la cadena productiva eran cobijados como debería ser por la norma laboral. La agricultura era una isla solitaria donde ni siquiera el salario mínimo representaba una obligación patronal; tampoco en muchísimos casos el contrato de trabajo escrito era reemplazado por el acuerdo verbal. Los comerciantes menores o llamados minipymes, la informalidad apenas naciendo, la mano de obra diversa en múltiples actividades urbanas, todo esto representaba más un amiguismo, un acuerdo amistoso o de convivencia. Ese contrato solemne de patrón y trabajador era algo lejano, para los de corbata y saco, para la “gente pudiente”.

La realidad de la vida, la social, las económicas, los abusos, la desigualdad de trato culturales fueron cambiando el panorama y responsabilidades mutuas. La asistencia social, la política de un Estado social de derecho, los horarios alternativos, las jornadas extras. Las plataformas digitales que regulan un mundo que aún hoy está sin terminar de reglamentar, todo lo anterior matriculó el siglo XXI como innovador en todas las facetas del hombre moderno.

Entonces la reforma es esencial, urgente. Comenzando con la informalidad que deja a un 52% de su ejercicio sin participación con los aportes al Estado y con la manta protectora de este a una clase social desprotegida. Pero ya no encontramos justificaciones en los temas interminables del Congreso y del Ejecutivo, desde décadas atrás, en afrontar con decisión, valentía, seguridad y gran deseo de superación la reforma laboral que tanto necesitamos. Que es un tema de diseño sencillo aun cuando muchos lo presagian tormentoso. No lo creemos: una mesa de concertación de empresarios, trabajadores, sindicatos, gobierno. No es que sea el milagro de que la primera reunión todo se acordó, pero tampoco es el final del mundo. Miremos casos: España, Suiza, Austria, Chile, Uruguay, Costa Rica, donde no se derrumbó la vida y salieron o están saliendo adelante.

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