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Opinión

La cultura del robo

De ninguna manera podemos admitir que el robo, como delito, tiene una justificación.

Se abrió en el país en las últimas semanas un debate de enorme impacto social y académico, con ocasión de la explosión de un camión lleno de gasolina en la carretera a Santa Marta, de otro furgón cargado de mercancías y de un transporte que viajaba a Cartagena repleto de pescado. En los tres casos los habitantes cercanos se abalanzaron sobre la mercancía para hurtarlas o en el deplorable caso del camión que hizo explosión dejando cerca de 44 muertos al escribir esta columna.

De entrada afirmamos rotundamente que rechazamos todas las opiniones verbales y escritas que hemos leído o escuchado en donde justifican el robo de estas mercancías bajo el discutible título de que el hambre, la pobreza y la necesidad justifican tanto los robos como disimulan los triste fallecimientos.

De ninguna manera podemos admitir que el robo, como delito, tiene una justificación. Puede tener una explicación, y se hace una comprensible, pero no aceptarlo jamás como una decisión lógica de las necesidades humanas. Eso es introducir en la sociedad el formalismo de aceptación de toda clase de crímenes, incluyendo asalto y homicidios al estilo de la falsedad de los guerrilleros, como una manera de subsistencia o de poder comer. Es la introducción de una cultura que le rinde homenaje al delito y viola todos los paradigmas de los derechos humanos. Hasta el mismo código penal colombiano y sus leyes constitutivas consagran la figura del “Robo Famélico”, castigable pero con atenuante, cuando el sindicado ha robado para no morir de hambre o inasistencia total.

Esta tragedia como la explosión del camión es un enorme dolor para decenas de familias cuyos fallecidos creyeron que hacían lo que tenían que hacer. Y encontraron la muerte. Ellos, los muertos, no lo comprendieron nunca y su familiar menos pero por ahí ni era el camión ni era la solución. El verdadero culpable, el único señalable, ese es Estado indolente, inánime, incapaz, fraudulento y corrompido que por décadas ha robado el dinero de las soluciones sociales.

Desde hace 50 años que hemos transitado por esta carretera del incendio hemos observado las ruinas, la basura, la intemperie, el hambre de Tasajeras. Hemos escrito con cientos de columnistas sobre esta miseria de siglos, sobre esta angustia de siempre sobre esa desolación es que se retrata en los rostros de sus habitantes. Pero los auxilios para mejorar las cosas por años, se los han robado los políticos y gobernantes inescrupulosos, que en el Magdalena como en la región siempre han subsistido produciendo dolor, hambre, desolación y muerte. La maravillosa columna de Marcela García Caballero el pasado sábado 11 de julio lo dice todo y muy bien expresado. Si queremos actualizar algo de los últimos robos radiografía de la corrupción miremos solamente el inicio de la carretera de la prosperidad paralela al río hacia Pivijay y Salamina. Apenas se entregó el primer contado y se pavimentaron pocos kilómetros no se volvió a saber más del tema.

Y así es todo en este departamento y sus vecinos del Caribe. Pero lo que no podemos seguir legalizando, significando, empoderando, es el cultivo del robo como una manera de evitar el hambre porque nuestros hijos después no sabrán distinguir entre lo bueno y lo malo. Iniciemos eso si una cruzada nacional fuerte para destruir la corrupción.

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