No, amables lectores de esta columna, no es como ustedes creen o como le han inculcado desde pequeños entre las amistades, los medios de comunicación y la propaganda publicitaria. En los deportes nacionales no son el fútbol o el atletismo o el ciclismo según las regiones de este país. Nuestro deporte nacional es el Robo. Así con mayúscula, con signo de admiración o repudio, así con vergüenza nacional. Por eso cuando el presidente Duque anuncia la campaña contra la corrupción es un ataque contra el deporte nacional.

Un deporte, una afición, una costumbre, una adicción, una cultura, una visión de vida, una postura o actitud que ya se infiltró tanto en el modo de ser colombiano que puede definirse tranquilamente como una pandemia, un mal endémico y en el mejor de los casos en una patología colectiva de una sociedad podrida que no encuentra otro objetivo que robar, robar y robar. Se roba al erario público, a los capitales privados, a los entes y empresas mixtas, al vecino, al familiar, al tendero y al usuario, se roba cada vez que se pide un precio o la pregunta sobre el valor de algo. El robo es disimulado dentro de un precio anunciado o descarado cuando al minuto de presentar cara de disgusto le rebajan a uno el 50% del precio.

Se roban desde un lápiz en una papelería de vendedores descuidadas hasta refinerías como Reficar, o en las mismas narices de los gobiernos que controlan las licitaciones como los 80 millones de dólares que sobornó Odebreth. Se roban una idea, una imagen, basta una suposición o teoría. Es la clásica actitud del aprovechamiento que James describió como “la mitad del mundo aprovechándose de la otra mitad y viceversa”.

Es difícil encontrar una entidad del Estado, nacional, departamental o municipal que no esté en el país comprometida con un acto delictivo principalmente calificado como robo. En la empresa privada –con menos escándalo pero con igual descaro lo mismo–, no obstante como delito, el robo superó la capacidad del Estado para controlarlo. Por eso, a pesar de las eficacias comprobadas en donde hemos avanzado mucho, en la Fiscalía, la Procuraduría, la Contraloría, la Policía, la inteligencia de estas fuerzas, todas ellas llegaron a su clímax de incapacidad para ir más lejos de donde han llegado. No por falta de instrumentos y voluntad sino porque la nación entera, qué vergüenza, está inmersa en esta ola corrupta que tiene como principal objetivo lucrarse a costa del semejante o del Estado.

Esta es una columna que duele escribirla. La leerá cerca de un 30% de personas en forma impresa u online, como leerán las de otros maravillosos columnistas de este periódico, según las estadísticas que se registran. De tal modo que nosotros mismos tenemos culpa de mostrarnos al mundo, como una nación de corruptos. Bueno, y entonces, ¿como vamos a hacer? Vamos a ocultar lo que no podemos ocultar porque es imposible hacerlo; ¿No es mejor agarrar la corrupción por el pescuezo y entrar de lleno a destrozarla? ¿Si será que podremos poco a poco con los años? ¿Comenzamos ya, doctor Duque?