La capacidad y necesidad de contar y escuchar historias hacen parte de nuestra condición humana. Para distraernos, dormirnos o calmarnos cuando éramos niños; para convencernos y enamorarnos cuando éramos jóvenes; o para justificarnos y disculparnos cuando la cínica adultez nos avasalla para olvidar que alguna vez fuimos niños o nos enamoramos en la juventud. Como quiera que haya sido, de las historias que contamos y nos contaron estamos hechos. Como ya cité alguna vez al profesor Albert Chillón, “lo que decimos que somos es un relato de lo que creemos que somos”.
Ahora bien, esas historias que hacen parte de nuestra historia no necesariamente son copia fiel de LA historia, con el artículo en mayúsculas. Dicha historia, la que podríamos llamar “oficial” por lo estandarizada en libros de texto y aulas de clase, sin duda ha pasado por una serie de filtros que la suavizan, la acomodan y le sacan lustre a ciertas partes mientras opacan otras. Esa es la historia en la que la independencia se la debemos a un florero, Barranquilla a unos colonos de Galapa, la del progreso contado en ladrillos y la de cambiar un articulito como paso necesario. Esa historia dogmática e inmóvil, de raíces absolutas y aprendizaje de memoria, necesita de vez en cuando un buen cimbronazo.
Y allí, paralelamente al bien sustentado y riguroso revisionismo académico con que pueden afrontarse esos citados dogmas cuando sea pertinente hacerlo, aparece la pulsión humana por imaginar y desear una historia posible, con un desarrollo y final distinto, más cercanas al sentimiento que a la razón; o lo que parece igual, para darle la razón al sentimiento. Sin afán de ser verdades, estas historias son las versiones del mundo de quien cuenta; versiones que igualmente nos relatan UN mundo. O varios. Después de todo, hay tantas versiones como contadores de historias.
Todas las historias son importantes y necesarias: la oficial, la revisada y las versiones. Todas son reflejo de un momento, todas enseñan algo. De la confrontación de las mismas se pueden generar preguntas muy interesantes con respuestas que pueden serlo aún más. Y si las formas son las justas y apropiadas motivarán el interés y el diálogo de muchos que ahora poco parecen interesarse por lo que pasó o por el dogma. Si eso logra el no pensar en “una” sino en “las” historias, ya será ganancia.
Fundamental que desde los medios de comunicación, la creación artística, las escuelas y universidades, se fomente el interés por la historia y por las historias. Por contarlas y por escucharlas. Por verlas. Por dudar, por generarse preguntas. Por no dejarnos doblegar por el cinismo adulto de quien cree saberlo todo.
Pd: Y hablando de historias, se estrena en estos días en la televisión regional la miniserie El Buen verdugo, dirigida por Iván Wild y coproducida por la Universidad del Magdalena. La factura y calidad estética y narrativa de la serie son admirables. Recomendada en todo sentido.
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@alfredosabbagh








