Columnas de opinión |

A ellas

Milena Andrea de Alba nació el 11 de junio de 1994, en el municipio de Malambo. A los 24 años tuvo que separarse de su pareja por maltrato psicológico y celos obsesivos.

La mañana del 23 de octubre de 2017, mientras se encontraba viviendo en la finca de su hermana, en Caracolí, apareció su agresor.

“Puedes ver a los niños cuando quieras –le dijo– pero cualquier cosa que tengas que habar conmigo lo haremos ante la Comisaría”.

Había tragos de por medio. El hombre tomó un hacha para someterla.

Con los dos brutales golpes iniciales, la dejó inconsciente. De ahí en adelante, Milena no recordó más. Ni si siquiera las heridas que le cercenaron dos dedos de la mano izquierda.

El agresor huyó, mientras Milena fue trasladada al hospital donde permaneció ocho días en ciudados intensivos.

El miércoles, cuando despertó, llevaba varias cirugías. Así pudo recuperar uno de sus dedos.

Después de 18 días en el hospital, ingresó a la Casa Refugio del Atlántico porque la Secretaría de la Mujer y Equidad de Género del Atlántico consideró que ella y sus hijos estaban en alto riesgo.

El 7 de diciembre se convirtió en la primera huésped de la Casa, con miles de preguntas y desesperanzada. No entendía –verbigracia– por qué debía esconderse.

No tenía ánimos de nada. Se creía fea e inútil. Tampoco tenía una buena relación con sus hijos, a los que ignoraba en medio de la desazón.

Con la ayuda de la psicóloga y las atenciones de las trabajadoras sociales, fue entendiendo su circunstancia y proponiéndose un nuevo plan para su vida.

Tuvo que perdonar y pedir perdón. Debió reconocerse como mujer y como persona.

Una nueva escala de prioridades empezó a aparecer en su devenir. De la pregunta ¿por qué? pasó a: ¿para qué?

Y lo más importante, se reencontró con sus muchachos, a los que abrazó para siempre en reconciliación.

Allí aprendió sobre la maternidad y empoderamiento y recibió los títulos en manicure, pedicure, corte de cabello y arte en globos.

Después de 18 meses estuvo lista para empezar de nuevo.

Las puertas empezaron a abrirse.

Hoy, dos años después, es una mamá con espíritu alegre y decidido, que trabaja por sus dos príncipes, como les llama.

Labora para una empresa que maneja tiendas de colegio y el próximo año entrará a administrar un quiosco en el colegio Antonio Santos en Malambo. De vez en cuando la llaman a dictar conferencias sobre resiliencia, “No tenemos que sanar ni hacer cambiar a nadie: la prioridad somos nosotras”, dice.

Un día se encontró a su agresor. “Veníamos de frente por un callejón sin opciones. Era él o era yo. Pensé muchas cosas. Los recuerdos vinieron a mi mente, pero ya no sentía rabia ni dolor. Alcé la frente y avancé. Él no pudo, y dio la vuelta y regresó”.

Fue su victoria. La misma que deseamos para las 50 mujeres que cada día son víctimas de violencia en Colombia.

 albertomartinezmonterrosa@gmail.com

 @AlbertoMtinezM

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