Dentro de las múltiples investigaciones de Ian Gibson, sobresale la célebre biografía Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca (1898-1936). Para el hispanista irlandés, los hilos de la muerte de Lorca fueron movidos en la sombra por los propios primos del poeta, los Roldán. La versión de Gibson es más o menos esta:

Lorca es detenido la noche del 16 de agosto de 1936, mientras apura una botella de jerez y unas rebanadas de queso de oveja en casa de su amigo Luis Rosales. La vivienda es acordonada por un piquete encabezado por el fanático salmantino Ramón Ruíz Alonso, quien esgrime una denuncia anónima y una orden de captura contra el poeta. Lorca es conducido a prisión a puntapiés, torturado con saña, fusilado irregularmente y arrojado a una fosa común al amanecer del 19 de agosto. Para Gibson, Lorca no fue ultimado por un pelotón de fusilamiento, similar al que estuvo a punto de acabar con la vida del coronel Aureliano Buendía, ello no pasa de ser un eufemismo de la historia española, acostumbrada a la solemnidad. La realidad es más atroz: el poeta fue acribillado con extrema sevicia por una horda de asesinos que, sin un atisbo de dignidad, luego habría de jactarse en público de su miserable hazaña. Sobra decir que los restos mortales del autor de Bodas de sangre jamás han sido recuperados.

Miguel Caballero, autor del libro Las trece últimas horas en la vida de García Lorca, rectifica algunos hechos, exculpa a ciertos protagonistas y aporta una versión más detallada y documentada. El investigador malagueño coincide con Gibson, eso sí, en que la urdimbre de causalidades que desemboca en el asesinato de Lorca tiene su origen en las rencillas familiares que enfrentaban a Federico García Rodríguez, el poderoso padre del poeta, con los Roldán y los Alba. «Lorca no fue asesinado ni por rojo ni por maricón», afirma, desvirtuando así la versión épica de los móviles políticos y homofóbicos del crimen. No obstante, considera que el autor de La casa de Bernarda Alba (que tanto ofendió a los Alba) no pudo estar detenido varios días, pues ese tiempo hubiera sido suficiente para que su padre consiguiera su liberación. Para Caballero, entre la detención y el fusilamiento solo mediaron trece fatídicas horas, pues los asesinos tenían prisa. Así las cosas, Lorca habría sido fusilado y enterrado al amanecer del 17 de agosto de 1936, hace 90 años, en algún recodo solitario a la vera del camino entre Víznar y Alfacar.

Lo cierto es que, hasta el sol de hoy, Lorca es el desaparecido más emblemático de la Guerra Civil Española, preludio inequívoco de la Segunda Guerra Mundial.

No digo que la muerte de Lorca no deba esclarecerse, ni que su cuerpo no deba recuperarse, como curiosamente pretenden sus familiares, ni que su vida no pueda arrojar luz sobre su arte. Me refiero a que ello no debe relegar a un segundo plano la lectura y el análisis de su magnífica obra poética y dramática que hizo de Lorca el poeta español más leído de todos los tiempos.

¿Qué importa el nombre de sus asesinos si se desconoce el dramatismo de su “Romance sonámbulo”, si nunca se ha leído en voz alta su Poema del cante jondo, si jamás hemos sonreído con las travesuras de “La casada infiel” ni nos ha embrujado en Sevilla una monja gitana?