Colombia está entrando en una nueva era demográfica. El Dr. Alejandro Gaviria, en un documento de la Fundación Colombia Tiene Futuro, pone cifras y método a un fenómeno que reordena la economía y la política social: la fecundidad se desplomó a niveles históricamente bajos.
Gaviria sustenta su argumento en la Encuesta Nacional de Demografía y Salud 2024–2025: una medición nacional en la que miles de mujeres reportan su historia reproductiva y algunos datos sociales. Con esa información revisa qué ocurre por edades, niveles educativos y regiones. Y para no depender de “un año raro”, no usa un solo corte anual: promedia lo observado en los tres años previos a cada entrevista. El mensaje es claro: la caída aparece en casi todos los grupos y no se explica solo por “esperar un poco más” para tener hijos.
Lo que debería sacudir el debate no es solo el nivel, sino la velocidad: Colombia pasó de 1,5 hijos por mujer en 2021 a 1,1 en 2024. En muy poco tiempo llegó a cifras parecidas a las de España e Italia (alrededor de 1,1) y quedó todavía por encima, pero no tan lejos, del caso extremo de Corea del Sur (cerca de 0,75). La comparación histórica también impresiona: Colombia logró en unos 25 años una reducción que a países como Reino Unido y Estados Unidos les tomó muchas más décadas. De ahí la idea inquietante de Gaviria: cuando muchas personas deciden tener pocos hijos (o ninguno), esa conducta se vuelve “la nueva normalidad” y se acelera por imitación.
Aquí empieza el problema político. Salvo Fajardo y Oviedo, los candidatos a la presidencia casi no han abordado el tema y, sobre todo, han evitado explicar qué significa prometer prosperidad cuando el país tendrá menos nacimientos, más longevidad y una mayor proporción de adultos mayores. Sin esa discusión, las promesas de crecimiento quedan en el aire: habrá menos personas entrando al mercado laboral y más saliendo de él. Eso tensiona la productividad, reduce la base tributaria y pone a prueba la solidaridad intergeneracional que sostiene pensiones y salud.
En el sistema de salud, se habla de acceso y calidad, pero rara vez se incorpora la variable que más presionará el gasto y la capacidad instalada: una población longeva demanda más manejo de crónicos, más rehabilitación y más cuidados por dependencia. Envejecer no es sinónimo de enfermar, pero sí aumenta la multimorbilidad, la fragilidad y el deterioro cognitivo, y con ello la necesidad de cuidado continuo. Por eso, reformar el pagador o ajustar reglas administrativas no bastará sin una arquitectura de cuidado de largo plazo e integración sociosanitaria.
A esta presión se suma un efecto social subestimado: el cuidado informal recae en las familias y se paga con empleo, ingresos y bienestar, especialmente cuando recae de manera desproporcionada en las mujeres. Menos nacimientos hoy pueden significar menos cuidadores familiares mañana, justo cuando habrá más personas que necesitarán ayuda para vivir con dignidad.
Seguiremos esperando propuestas más sólidas que un eslogan pronatalista o un subsidio aislado: apoyo real a la crianza y la conciliación, productividad basada en educación pertinente y tecnología, migración ordenada y una reforma pensional con reglas claras de equidad intergeneracional. Y, en salud, un viraje hacia lo crónico: atención primaria resolutiva, equipos interdisciplinarios y pagos que premien continuidad y resultados.
En resumen, el desplome de la fecundidad debe ser el telón de fondo de cualquier programa de gobierno serio.








