Germán Grisales es el embajador de Colombia en Portugal. Conozco a Germán desde 1982 cuando empezaba a darse a conocer como pintor. Luego nos juntamos en el M-19 en 1986. Un lugar de encuentro era una revista de la que fui director y servía a la acción política legal del movimiento aún clandestino. Fuimos candidatos en octubre de 1991 por la Alianza Democrática M-19: él al Senado y yo a la Cámara. Elegimos una bancada numerosa, pero no obtuvimos la credencial. Después intentamos llegar al Concejo de Barranquilla. En 1994 se produjo el desplome parlamentario de la AD M-19 y en ese instante de frustraciones tomó la acertada decisión de orientarse hacia la carrera diplomática, donde arrancó desde los escalones de abajo.

Cuando falleció el embajador en Portugal él era cónsul general en Barcelona, España, y no dudaron en entregarle esa designación. Merecida porque Germán tiene una admirable formación académica: sociólogo de pregrado con maestrías en análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos y en antropología social y etnología, doctorados en antropología social y etnología y estudios amazónicos y postdoctorado en migraciones. Es autor del libro Nada queda, todo es desafío. Habla y escribe en francés y portugués. Pero, ante todo, es vocacionalmente un pintor.

Admiro en Germán su índole de hombre bueno. No es presumido. Ningún humo se le ha subido a la cabeza a pesar de sus triunfos como servidor público, de su alta titulación, de sus escritos y de su creación pictórica.

Durante sus recientes vacaciones por la Costa Caribe hizo varias exposiciones. El martes pasado nos vimos en el Museo Romántico. Lo eligió para llamar la atención sobre esta emblemática mansión cultural del barrio El Prado.

En medio de la conversación y las fotos me preguntó por nuestros viejos amigos Antonio Peña y Roberto Rosanía. Y me hizo un anuncio: “Viejo Horacio, este año termino mi ciclo diplomático y regreso a Barranquilla”. Extraña, dice, los bulliciosos buses de Coochofal repletos de gente hablando con un parlante musical de fondo. Lamentándose, pero risueño, dijo también algo que no me sorprendió en él. En un taxi dejó olvidados sus elegantes lentes de 800 euros (unos 3 millones 500 mil pesos). Mi hija Daniela y yo le sugerimos unas provisionales gafas de farmacia mientras regresaba a Lisboa.

Posdata: En mi columna pasada, cometí un involuntario error numérico (ya corregido en la versión digital de EL HERALDO). No son miles las hectáreas de bosque seco tropical arrasadas en Ciudad Mallorquín. Son decenas. Y, sin embargo, hay arrasamiento, diría, parafraseando al gran Galileo.

@HoracioBrieva