Barranquilla es una ciudad líder en Colombia. Ha tenido una gran transformación que ha hecho que el país y el mundo la vean como una gran opción para invertir, vivir y visitar; infortunadamente, su aeropuerto no ha seguido el mismo ritmo. Viajar a Barranquilla es maravilloso, menos por la llegada y salida del aeropuerto, que durante años ha estado en medio de obras de modernización inconclusas que hacen de esta terminal una experiencia que no acompaña la evolución que ha tenido la ciudad. Quien haya aterrizado o despegado desde el Ernesto Cortissoz conoce muy bien el panorama de un aeropuerto con problemas de accesibilidad, entre muchos otros, que genera inconvenientes para los pasajeros y que, por supuesto, repercute directamente sobre la imagen y proyección de la ciudad.
Frente a esta realidad, la solicitud de la Alcaldía de Barranquilla para asumir la administración, operación y mantenimiento del Aeropuerto Ernesto Cortissoz es más que razonable, siempre que los platos rotos de la Aerocivil los paga directamente la ciudad a través de su imagen y la pérdida de proyección nacional e internacional. La mala infraestructura del aeropuerto no es un asunto estético ni de menor relevancia; repercute directamente sobre el turismo, la competitividad y el desarrollo económico de Barranquilla, ciudad que todos los días hace un esfuerzo por seguir creciendo.
Ahora bien, frente a esta situación es claro que entran en disputa las funciones de la Aerocivil, el contrato vigente para las obras de modernización —frente al cual se sostiene que ha habido avances recientemente— y un principio fundamental para el ordenamiento territorial en Colombia: la autonomía regional. Es necesario que el país, en un caso como este, donde durante años una entidad del orden nacional ha sido incapaz —por variadas razones— de ejecutar las obras necesarias, considere la importancia que reviste el ejercicio de la descentralización en la gestión pública. Este es, sin lugar a dudas, un caso en el que la centralización ha perjudicado notablemente el desarrollo de una infraestructura aeroportuaria adecuada y competitiva, que responda a los retos que tiene la ciudad.
Ante esto cabe preguntarse quién tiene la razón en la tensión entre la Aerocivil y la Alcaldía de Barranquilla. Esto puede responderse tanto desde la necesaria descentralización de la gestión pública, que hace parte esencial de la Constitución, como desde los principios de eficacia y economía que deben regir la función administrativa. Si la gestión del Ernesto Cortissoz ha sido deficiente hasta la fecha, tal vez es momento de pensar en una fórmula en la que, desde lo local, se asuma una nueva administración coordinada y planeada con los responsables actuales, para que Barranquilla tenga el aeropuerto que se merece.
@tatidangond








