Y tan en silencio como llegó, Didier Moreno se marchó. Es posible que sea el jugador más incomprendido de cuantos han pasado por este Junior del Alma. Creo, incluso, por encima de Lucho Grau que anduvo en las mismas, por el rechazo de la hinchada, por la glosa de la prensa hasta convertirse, en medio de un estoicismo inquebrantable, en jugadores valiosos, con peso específico, necesarios y triunfadores.

Es posible que haya sido yo el único que le apoyó, como a Grau en aquella época, o, para no presumir de nada, de los pocos que lo hizo.

En los últimos tiempos, cuando más se le presionó, se convirtió en capitán, en estandarte, en soporte donde descansaba el fútbol del Junior hasta lograr la 11ª estrella con amplitud histórica sobre el Tolima.

Entonces, cuando ya la gente lo comenzó a querer, cuando sus contradictores se dieron cuenta que sí era un jugador importante y aportante, Didier decidió irse.

Y no fue una decisión de última hora, ni revanchista. En el mes de octubre me enteré que se iba pasara lo que pasara. Así Junior fuera eliminado, jugará la final y la perdiera o fuera campeón.

Las razones humanas trascienden al fútbol mismo. De esas situaciones familiares e íntimas que no se conocen y que no son tenidas en cuenta al momento de hacer un balance o de generar un concepto sobre los deportistas.

La decisión fue consensuada con su esposa Catalina Suárez. Por un lado, ya con la estrella ganada, irse por la puerta grande. Por el otro, el tema familiar, no tiene que ver ni con su compañera, ni con su pequeña hija Ciara, sino con la salud de su papá que vive en Siviru, Chocó.

Los médicos le han recomendado llevarlo a Medellín a un clima más benigno y ser tratado en un centro médico especializado.

Ni revancha, ni cobro de cuenta pendiente. Didier se va por temas humanos, que trascienden al fútbol, ahora que todos le piden que se quede…