Hace poco más de 20 años Karina murió en un accidente de avión. Volaba con su mamá y su hermano en un vuelo de Intercontinental de Aviación entre Bogotá y Cartagena. Unos 12 minutos antes de llegar a su destino el avión se fue a tierra. Eran las 7:40 de la noche. La aeronave llevaba 48 pasajeros, tres azafatas, el piloto y el copiloto.
Karina era aún una adolescente cuando murió. Habíamos sido amigas porque nuestras mamás eran amigas. Comprábamos un tarro grande de helado de vainilla veteado de fresa y nos lo comíamos mientras mirábamos el atardecer. No recuerdo de qué hablábamos aquellos días, pero siempre teníamos algo que contar.
Su muerte coincidió con el nacimiento de mi hija, así que se me revolvió todo: por un lado la necesidad de mantenerme con vida para cuidar a mi bebé, y por otro lado la horrible consciencia de saber, estar segura, que una persona cercana podía morir en un avión –es decir, yo podía morir en un avión–. Esa combinación explosiva engendró en mí una maligna enfermedad conocida como fobia a volar.
A través del tiempo se fue alimentando con otras angustias, hasta que llegó a su punto más alto de sufrimiento, ese en el que uno cae en la ridiculez y no le importa. Aquellos días lo probé todo. Algunas veces tomé licor antes de subirme a un avión. No funcionó. Otras probé tomando calmantes. Tampoco tuve éxito. Muchas veces tuve que pedirle a la auxiliar de vuelo que me diera la mano.
No siempre encontré la comprensión que necesitaba. Hubo una técnica que me ayudó: en cuanto subía al avión me acercaba a la cabina a saludar al piloto. Comprendí que uno de los mayores problemas en el que se sustentaba mi miedo irracional tenía que ver con el hecho de que mi vida dependiera de alguien al que no había visto a los ojos. Un fulano sin rostro del que no sabía nada. ¿Cómo me podía parecer confiable la operación? Así que lo hice durante un tiempo como un ritual sin sentido que solo tenía sentido para mí. Lo saludaba, le estrechaba la mano y le decía que le tenía fobia a volar. El piloto usualmente me decía su nombre, me daba la bienvenida y me aseguraba que todo estaría bien.
Con el paso del tiempo y a la fuerza de renunciar a semejante ridículo, renuncié dignamente a aquel vergonzoso e incómodo ritual. Ya no saludo pilotos antes de volar, pero espero con ilusión el momento en el que habla para los pasajeros y nos explica cómo será el vuelo. Incluso le agradezco mentalmente cuando me anuncia las turbulencias y luego me jura –porque siento que me jura– que no afectará la seguridad del vuelo.
Les ponemos la vida en las manos a los pilotos cada vez que volamos. No entiendo por qué no confiamos en su justa lucha. Si los huelguistas de Avianca exigen que se mejoren sus condiciones laborales, yo los escucho y dejo de darle credibilidad al hombre que se enriquece con el negocio. Yo, como pasajera, apoyo el paro de los pilotos de Avianca.
@ayolaclaudia
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