A lo lejos, como se oye que alguien canta en el Poema XX de Neruda, como quisiera oír casi todo, oigo sentar cátedra a la manada cibernética sobre la injuria y la calumnia en las redes sociales. Y cada día me siento más minoritario porque francamente no sé de qué hablan, con aquella ostentosa solvencia intelectual digna de un filósofo alemán o de todo un Hans Kelsen, el célebre teórico del Derecho.
Y hasta me quedo estupefacto cuando contemplo cómo se explican unos a otros de qué trata el asunto, mientras se injurian y se calumnian de lo lindo con las palabras más soeces que concebirse pudiera. El circo romano con la plebe dando alaridos, ni más ni menos. Debo confesar que me dan miedo. Terminator me parece más humano.
Se creen inteligentes, pero se dejan llevar por esa insidiosa conducta de la mente, que es demente. Incoherencia, inconsecuencia, locura. Todo ello en nombre de una supuesta “libertad de expresión”, no sólo mal entendida, sino jamás sentida porque, más importante que teorizar sobre los valores, es sentirlos, es vivirlos. Porque lo grave de nuestra cultura no es que seamos cada día menos inteligentes, sino cada instante menos sensibles.
No voy a seguir ese juego conceptual, completamente inútil y vanidoso, no voy a definir ni la injuria ni la calumnia: estoy seguro que las he padecido y las he practicado, como todos los seres humanos. Somos muy buenos para predicar y muy malos para practicar. Y en nuestra cultura católica, a diferencia de la protestante, jamás nos inculcaron el cultivo de una palabra que, me parece, es la que está detrás de nuestro enfermizo afán por injuriar, calumniar, juzgar, criticar y hablar horrores de los demás, con una verborrea denigrante y asesina de la humanidad de nuestros prójimos. Un deporte nacional, con más fanáticos que el fútbol. Esa palabra tras bambalinas es honestidad.
Es fama que el filósofo Diógenes, quien vivía en un barril, como el Chavo del Ocho, salió alguna vez a caminar por las calles de Atenas con una lámpara, como si se le hubiera perdido algo. Le preguntaron: “Diógenes, ¿qué buscas?” Y él respondió: “Un hombre honesto”. En nuestro generalizado fariseísmo, creemos que no robar, o aparentar que no lo hacemos, es honestidad, cuando eso se llama honradez, y ya sabemos que nuestra cultural moral, si algo así existe, es experta en fingir tales simulacros.
La honestidad no tiene, en principio, nada qué ver con el otro. Honestidad es la capacidad para sentir la verdad de uno mismo, para ser consciente de lo mucho que uno se ha equivocado, y se sigue equivocando, en esta vida. Cuando lo siente, cuando de verdad lo siente, no anda por ahí teorizando ni sentando cátedra sobre nada, ni mucho juzgando, criticando, o dando consejos que nadie le ha pedido, o descalificando a troche y moche, o pedaleando la rueda de la mente para culpar a los demás del inconmensurable tamaño de nuestra propia inconsciencia, ni siquiera a los políticos hay que culpar de nada. Si sientes la verdad de ti mismo ni injurias ni calumnias a nadie.
Pero, ay, hoy todos vivimos a oscuras y envueltos en redes de deshonestidad. Diógenes, la lámpara, por favor, para iluminar el corazón humano en tinieblas.
diegojosemarin@hotmail.com








