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Dos indígenas de la etnia wayuu en la Bahía Portete, ubicada al nororiente de la península del departamento de La Guajira.
EFE
Colombia

El control del conflicto en los resguardos indígenas del Caribe

Desde los 80 los pueblos indígenas han sido víctimas de los ilegales. Esta es la radiografía de cómo se ejerció el control de los violentos

Hace 16 años en Bahía Portete pasó “algo inesperado”, según contó Débora Barros Fince, víctima de la masacre.  El conflicto armado colombiano llegó a este sector, a dos horas del municipio de Uribia, sin advertirlo.

“Nos sorprendió muchísimo porque es un trastorno en el interior de la etnia, algo que nunca se había visto. ¿Cómo lo asimilas? Sobrepasa lo que uno podía conocer, de acuerdo a nuestra historia”, expresó Helion Arents, miembro de la comunidad wayuu.

Este pueblo, que representa la quinta parte de la población indígena en Colombia y el 48% de la población de La Guajira, tiene unas consignas claras. Son guerreros, pero no permiten que se toque a las mujeres ni a los niños. No van a la guerra, no se violan, no se expulsan de la tierra.

El 12 de abril de 2004, los paramilitares profanaron lo inquebrantable.

Algunos hablan de 200 paramilitares, la Comisión de la Verdad registra alrededor de unos 40 los que llegaron a Bahía Portete ese día.  Hombres de Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, quien comandó el Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) llegaron a la zona y entonces se desató la masacre.

Tenían una lista, según recapituló la comisión, con el mandato explícito de asesinar a los hombres de la familia Fince. La muerte no los encontró, pero sí a sus mujeres. “Torturaron y asesinaron a mujeres de las familias Fince Uriana, Fince Epinayú, Cuadrado Fince y Ballesteros Epinayú”.

El asesinato no era suficiente para el grupo paramilitar. Sacaron de sus casas a Margoth Fince Epinayú, a Rosa Cecilia Fince y a Rubén Epinayu, detalla la Comisión de la Verdad. A las matronas wayuu, a las mujeres intocables, les cortaron la cabeza y las clavaron en estacas y, como botín de guerra, se jactaron del hecho y exhibieron los cadáveres en las puertas de los ranchos.

“La comunidad ha denunciado que hubo violencia y tortura sexual contra las mujeres como mecanismo para arrasar y doblegar a miembros de su grupo étnico”, relató la Comisión de la Verdad.

En total, según la entidad que nació tras el Acuerdo de Paz, asesinaron a seis personas, cuatro de ellas, mujeres. Se reportaron las desapariciones forzadas de Diana Fince Uriana, Reina Fince Pushaina y una tercera persona no identificada. Además hubo heridos. Ni los dioses de la muerte se salvaron: profanaron el cementerio. Saquearon y quemaron varias casas. El pueblo wayuu dividió su historia en dos y su tejido social quedó destruido.

La finalidad se cumplió. Bahía Portete quedó deshabitada, más de 600 indígenas se desplazaron y hubo una avanzada paramilitar en el territorio, estratégico por ser una zona portuaria.

Verdades a medias

Habían intereses, pero desconocemos cuáles eran. No sabemos si eran los puertos o el mismo territorio, que era extenso, quizás multinacionales estaban interesadas en él. Pero desconocemos tantas cosas de las que quisiéramos tener respuestas”, refirió Débora Barros en el encuentro ‘Pueblos Indígenas en Situación y Riesgo de Exterminio Físico y Cultural: Su Dignidad, Resistencia y Aportes a la Paz’, liderado por la Comisión de la Verdad el pasado viernes.

Después de 16 años los hechos siguen siendo un poco difusos. Para Barros, la avanzada paramilitar tuvo que tener apoyo de las fuerzas militares y de personas que conocían la zona.

“Todo el mundo sabe que no es fácil llegar a la Alta Guajira, se sabe que no es fácil. Los caminos los conocemos solo nosotros los wayuu; entonces, hubo apoyo de varios sectores para que esos grupos paramilitares entraran a la zona”, sostuvo Barros.

La mujer indígena detalló que alias Pablo estuvo allá y recordó que también hubo participación de un wayuu, que habría hecho el “contacto directo para hacer esa afectación que logró un desplazamiento masivo tras los homicidios, torturas, violencia sexual y demás hechos que marcaron la comunidad”.

No obstante, este indígena wayuu, recluido en una cárcel norteamericana, ha insistido en que él es inocente.

Algunos de los miembros wayuu, aprovechaban el estratégico territorio portuario para dedicarse al contrabando, principalmente de whisky y gasolina. Algunos también cedieron al negocio de la coca. Sin embargo, sus principios sagrados eran respetados: Mujeres no van a la guerra, no se violan, no se expulsan de la tierra.

“Las afectaciones que ha dejado esta masacre, al pasar del tiempo, han sido grandes desde el punto de vista de nuestras costumbres, de nuestra cultura. Lo esencial en uno es que la mujer es intocable, la mujer es vida y que hayan ocurrido estos hechos es un impacto grande”, expresó Débora Barros.

El tejido social de esta etnia indígena se fue destruyendo, la confianza en sus propios miembros de la comunidad fue difícil de restablecer. Aún más, cuando todavía no se sabe la verdad de lo que ocurrió.

Otros miembros de la comunidad sostienen otra versión del hecho. Una mujer wayuu, que no quiso ser identificada, señaló durante el mismo encuentro, adelantado por la Comisión de la Verdad, que los culpables de la masacre de Bahía Portete fueron los paramilitares.

“Pese a que se les había hecho una emboscada, no debieron haber hecho lo que hicieron. Pero los paramilitares, finalmente, fueron los que cometieron el delito y lo reconocieron. A pesar de ello, el Gobierno colombiano juzgó a un indígena wayuu por la masacre de Bahía Portete”, cuestionó la mujer.

Aunque hay versiones que refieren que la masacre se debió a una disputa territorial, que vinculaban a algunos miembros de la etnia, el palabrero putchipuu Juan Pushaina indicó que desde los 70, cuando vino la bonanza de la marihuana y después la bonanza de la coca, “la etnia wayuu ha sufrido la consecuencia de una guerra en la que ellos no tienen nada que ver”.

Sin embargo, Débora Barros recalcó que aunque hay verdades, han sido a medias. “Ya conocimos que hubo participación del Ejército, pero ¿quiénes más lo hicieron? ¿Por qué masacraron mujeres, por qué desplazaron a la comunidad, cuál es el interés que tenían en el territorio”, cuestionó.

Tras 16 años estas preguntas siguen sin respuesta. Por eso la etnia wayuu reclama la verdad y justicia por las consecuencias que dejó el conflicto armado en su territorio.

Control territorial

Las comunidades indígenas han sido víctimas  de la violencia en distintas épocas, primeros azotados por el colonialismo y, en los últimos años, por el conflicto armado.

 La Comisión de la Verdad documentó, al menos, tres corredores con presencia del conflicto armado en resguardos indígenas del Caribe: Corredor de la Sierra Nevada y de la Serranía del Perijá; Corredor Serranía de San Jacinto y corredor Nudo del Paramillo, conexión con el Golfo de Urabá. 

Los diferentes grupos armados han hecho presencia en cada uno de estos. Los primeros en llegar a la Sierra Nevada y la Serranía del Perijá fue el M-19 (1979-1990); pero no fueron los únicos. El EPL se asentó en 1981; las Farc, en 1982; las convivir, en 1991; las AUC, en 1995, y las disidencias del EPL, en 1998. Han sido años en los que distintos resguardos indígenas han tenido que convivir con el conflicto.

El escenario es similar en los otros dos corredores. En la Serranía de San Jacinto hicieron presencia el M-19; el EPL; el ELN; las FARC y el Bloque Norte de las AUC. Mientras que en el corredor Nudo del Paramillo, con conexión al Golfo de Urabá se registró la presencia no solo de los grupos mencionados, sino también de Los Rastrojos; Los Paisas; Urabeños y el Clan del Golfo.

La limpieza social

Una de las prácticas usadas por la entonces guerrilla de las Farc fue la “limpieza social”.

Jaime Arias, gobernador indígena Kankuamo, detalló: “Lo que hizo las Farc fue ganar legitimidad a través de la estrategia de limpieza social. Ellos llegaron y empezaron a asesinar a los ladrones, como decían ellos, para hacerle el favor a la gente”.

Sin embargo, Arias anotó que también empezaron a asesinar a quienes consideraban informantes del Ejército.

“No fue una presencia esporádica, sino que llegó un momento en el que se fortalecieron y se pasó a una estrategia de guerra de guerrillas basada en el control territorial”, manifestó el gobernador indígena Kankuamo, otro pueblo del Caribe que vivió los estragos de la guerra.

“Fueron más de 400 masacres”: indígena kankuama

Delvis Estrada Arias, líder de mujeres Kankuamas, precisó que fueron más de 400 las masacres que afrontaron como comunidad indígena.

El pueblo Kankuamo está ubicado en un corredor, relató, que sale hacía La Guajira y conecta con la salida al mar. “Fue aquí donde más se acentuó la presencia armada en la época de la bonanza marimbera del conflicto. Fue así como muchas familias pusieron muertos, pero aparte de eso también hubo otras afectaciones a la Madre Tierra. Las tierras dejaron de producir por mucho tiempo”, contó la mujer indígena ante la Comisión de la Verdad. Uno de los asesinatos que más la marcó, según afirmó, fue el de su tío Alcides Arias. Delvis Estrada intentó contener las lágrimas mientras recordaba lo que ocurrió el día del homicidio. Respiró profundamente y miró hacia arriba. Después contó: “Eran las 4 de la mañana y lo sacaron de su casa, fue asesinado al frente de la casa de su hijo a puñaladas”.

Ella recordó que su abuelo les contó que oyó un grito y alguien que iba pasando gritaba: “Ay, mamá”. Delvis Estrada, que va contando lo ocurrido de manera pausada, apretó los labios y su dolor comenzó a recorrer sus mejillas.

Continúo el relato mientras se secaba las lágrimas con las manos: “Encontró a unos señores. Eran ellos los que acababan de asesinar a mi tío. Mi abuelo les preguntó que qué estaba pasando; pero ellos dijeron: ‘Nada, pedazo de viejo. Y cállese si no quiere que le pase a usted lo mismo’”.

Delvis Estrada no quiso seguir pensando en su dolor, se restableció. Resaltó que las mujeres kankuamas son fuertes y que esa resistencia es la que las ha ayudado a salir adelante a pesar de las nefastas consecuencias de una guerra que les tocó vivir sin ser parte de ella.

“Nosotras nos sentamos y mantenemos la fortaleza. Podemos conversar entre nosotros, podemos hablarlo, llorarlo, trenzarlo, quemamos el dolor en el fogón, lo tejemos”, relató Delvis Estrada al enumerar varias de las prácticas ancestrales que han usado las kankuamos para resistir todos estos años.

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