En estos días se ha hablado mucho en Colombia del informe que da cuenta de la aterradora cifra de 220.000 muertos, la mayoría civiles, a causa de la violencia en los últimos 54 años. Es un dato que ilustra la magnitud de la tragedia nacional generada por la guerra interna. Por eso, la importancia de los diálogos de La Habana y que tengan un desenlace favorable.
En ese contexto, es una buena señal que las Farc estén reconociendo, a través de varios de sus jefes, los errores que han cometido –sus excesos, sus barbaridades– a lo largo del conflicto armado interno, aunque, haciendo uso de su típico lenguaje, se han esmerado en repartir las culpas de la ancestral violencia colombiana en el Estado, los gremios, los medios de comunicación, los partidos políticos y los ex presidentes de la República.
Los cuestionamientos al actual proceso de La Habana han estado dirigidos especialmente al Marco Jurídico para la Paz, pues hay sectores que consideran que en aras de un acuerdo se va a sacrificar la justicia. Francisco Santos, uno de los precandidatos uribistas con mejor registro en las encuestas, ha colocado unas vallas que dicen: “Con la excusa del diálogo, él (el presidente Santos) no quiere ver los crímenes de las Farc. Queremos la paz sin impunidad”.
Sin embargo, ante el tamaño de los resultados del Centro de Memoria Histórica, el fiscal general de la Nación, Eduardo Montealegre, es de los que cree que es mejor apostar por una salida negociada al conflicto, bajo ciertas concesiones, que repetir en los próximos 54 años el holocausto que hemos padecido. Como ha dicho el director de DeJusticia, Rodrigo Uprimny: “No es viable un proceso de paz que arrase con los derechos de las víctimas, pero tampoco es viable una conceptualización de los derechos de las víctimas que haga inviable el proceso de paz”.
Lo curioso es que los sectores que se han mostrado más intransigentes con el proceso de paz de Santos fueron los que asumieron actitudes más flexibles frente al proceso con los paramilitares. Hoy, por razones de cálculo político y electoral, están en otra orilla y son los que más adversan los diálogos con las Farc. Las resistencias de quienes privilegian en su discurso la justicia sobre la paz se sustenta también en que el historial de las Farc está lleno de un montón de acciones criminales que han estremecido a la sociedad colombiana.
Pero, en el otro extremo de la opinión, están también los que estiman que la conquista de la paz debe anteponerse a todo. Consideran que es la única forma de sacar la violencia de la política colombiana. Y la humanidad ya inventó un instrumento llamado Justicia Transicional, que Uprimny ha definido como “una justicia imperfecta para tiempos imperfectos”.
Hay mucha gente que se escandaliza con solo imaginar a los jefes de las Farc pasando de la selva a la política y a las curules del Congreso sin haber pagado un día de cárcel.
Alrededor del tema se ha polarizado el país. En este mes, se conocerá el fallo de la Corte Constitucional sobre el Marco Jurídico para la Paz. Su concepto será clave para el futuro de las negociaciones con las Farc.





