Formas de atar el tiempo

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18 Junio 2019 - 00:00

Formas de atar el tiempo

Reflexiones que nos recuerdan cómo el presente no es más que un pasado constante y cómo el futuro no existe porque, apenas lo miramos a los ojos, se vuelve de piedra.

Temas tratados

Reflexiones que nos recuerdan cómo el presente no es más que un pasado constante y cómo el futuro no existe porque, apenas lo miramos a los ojos, se vuelve de piedra.

Estas tres viñetas le siguen las huellas al tiempo, que es a fin de cuentas el personaje principal de cada una de ellas y de toda historia en general. En la primera, aparece un molusco de cinco siglos de edad asesinado por los científicos que lo analizaban; en la segunda, invoco el lumbalú de los palenqueros y los ecos de su pasado heroico; y en el último, enfrento dos películas que abordan el tiempo desde formas opuestas pero complementarias.

1. La huella del futuro

El animal más viejo de mundo fue descubierto en el año 2006. Pensando que era mucho más joven, un grupo de científicos lo mató en septiembre de 2013 para investigarlo. Desde la parte interior pudieron contar bien los anillos que antes se habían comprimido por la profusión de ellos, y rectificar su edad. Ming era un molusco bivalvo, conocido también como almeja de Islandia. Había nacido en 1499, tan solo siete años después de que Colón descubriera América y unos años antes de que Leonardo da Vinci pintara la Mona Lisa. Es decir, era el ser vivo más cercano a la eternidad del que se tiene noticia. 

Los científicos le pusieron el mismo nombre de una dinastía imperial china que estaba en auge por los años en que el molusco nació. El mayor mérito de esa dinastía fue que logró pacificar y unificar por tres siglos un inmenso territorio. Este molusco logró un mérito similar: meter en cintura cinco siglos con apenas unos gramos de vida. A muchos les dará lo mismo el tiempo de uno o del otro. Bernard Shaw cuenta en una tragedia que, cuando el filósofo Teódoto lamentó que la biblioteca de Alejandría estaba ardiendo en llamas, César exclamó despectivo: «Déjala arder que es una memoria de infamias». Los nuevos optimistas del futuro seguirán despreciando el pasado y aplaudiendo lo nuevo, olvidando que lo nuevo se volverá tan decrépito como lo viejo, y que lo único que conocemos del futuro es que también pereceremos para darle camino a las nuevas generaciones. 

El poeta francés Arthur Rimbaud exhortaba a que fuéramos absolutamente modernos, pero no tenemos más remedio que ser absolutamente ancestrales. La impresión de que se acercan cosas inéditas es falsa; nuestra esencia es el pasado, la historia. Nuestra vida está hecha de esa terca sustancia predecesora. El presente no es más que un pasado constante. El futuro no existe porque, apenas lo miramos a los ojos, se vuelve de piedra; el futuro ni siquiera está delante sino en los lugares del pasado donde hay que recogerlo del suelo para volverlo a usar. Conocemos a Ming más de lo que creemos; es más contemporáneo y familiar de lo que sospechamos.

Como él, nosotros también somos una larga dinastía abreviada en la concha de nuestra piel y de nuestras uñas, una multitud de ancestros comprimida en un individuo tratando de pacificar y unificar el inmenso territorio cronológico que nos precede. Y puesto que nunca conoceremos el futuro que nos ha vendido una sociedad basada en la ficción del progreso, los hermanos de Ming nos conformamos con que la vida tenga por lo menos un sentido, una dirección. Esa es nuestra verdadera esperanza para aspirar a una vida nueva o a un mundo nuevo: la única forma de que la pesada concha del pasado, tan propensa a repetirse en la playa del mundo, deje la apariencia extraordinaria, inesperada, fértil, profunda, de una huella futura. 

2. El futuro como herencia

La historia cuenta que sin las trenzas de las esclavas, los esclavos no hubieran podido escapar de Cartagena por entre los Montes de María hasta el lugar donde hoy está situado San Basilio de Palenque. En los surcos y marañas que estas mujeres delineaban al trenzar sus cabellos, cifraron el mapa de la libertad. Como ellas no estaban sometidas a la misma vigilancia de los hombres, podían escudriñar el territorio y calcar en sus cabezas los ríos, montañas y senderos que recorrían las tropas españolas, de modo que los esclavos supieran qué áreas debían eludir y qué sendas podían transitar al momento de la fuga.

 El pelo de las palenqueras sirvió también como arca para guardar las pepitas de oro que lograban extraer a escondidas en su trabajo minero. Y para atesorar semillas que después florecerían en la tierra donde fundaron su pueblo, garantizando la seguridad alimentaria de sus familias. Sin esas gestas sutiles de las primeras mujeres de Palenque, hoy los niños palenqueros no sonreirían de la forma como lo hacen.

 En sus rostros no están las cicatrices que han dejados la pobreza espiritual y la servidumbre asumida en los rostros de otros hombres. Cada acción valiente rompe no sólo con las cadenas del pasado y el presente, también deja fisuras para seguir rompiendo las del futuro. La audacia y la inteligencia de aquellas mujeres siguen abriendo sendas a las nuevas generaciones de afrodescendientes, no solo de Palenque sino de todo el Caribe y Latinoamérica, al igual que la memoria de hombres como Benkos Biohó, Pambelé y Evaristo Márquez continúa inspirando a los niños de cualquier pueblo a redimirse de sus propios grilletes.

 Cuando uno escucha el grito «Alegríaaaa» y ve avanzar por la calle a una robusta palenquera sosteniendo sobre su cabeza una ponchera de aluminio colmada de dulces, siente revivir el ardor de las antiguas esclavas. Percibe también que esa palabra con que, no de forma gratuita, designan su producto más conocido es pronunciada con un dejo de dolor, quizá porque saben que la única felicidad perdurable es la que nadie nos regala, la que debemos buscar por nosotros mismos.

«Queda un recipiente de arcilla/ donde bebíamos aguas despiertas/ unas voces que vuelven reclamando a sus dueños», escribe con sabiduría ancestral el poeta palenquero Uriel Cassiani. Los nuevos habitantes del presente deben volver a entonar la palabra libertad en su hondo sentido, tocar con redoblada fuerza los tambores de la sangre, blandir su eterno lumbalú contra las fuerzas de la muerte, trenzar los viejos caminos para avivar la semilla del pasado y volver a adueñarse del futuro. Ese futuro que ya es de ellos, porque también será su herencia.

3. El presente como ascensor

Las dos películas que se enfrentaron el año 2015 por el Oscar a la mejor película tenían un mismo tema en común. Alejandro González Iñárritu, el director de Birdman, se refirió a él en una entrevista: «La fragmentación del espacio y el tiempo son la base del cine». Conscientes de esa noción esencial, él y el director de Boyhood quisieron agarrar el toro por los cuernos, aunque de distinta forma.

Birdman lo hizo a través de una secuencia en apariencia continua que aspiraba a ser una sola escena incesante, emulando la vida real. Una especie de cinta de Moebius que se puede recorrer por ambos lados sin tener que saltar al otro. La misma imagen del superhéroe, ese hombre que se libera de sus pasos y vuela como un pájaro, es una metáfora de la continuidad y, por supuesto, una metáfora de ascensión y trascendencia.

Boyhood, por su parte, es una cinta de casi tres horas grabadas a lo largo de 12 años y con un mismo actor que vemos crecer poco a poco, a ritmo de una semana por año, hasta que puede volar por sí solo. Su procedimiento es el contrario a Birdman: mientras el esfuerzo de esta película es emparejarse con el tiempo desde su propia duración, en Boyhood es el mismo tiempo, desde la paciencia del director y los actores, el que busca emparejarse con la película. No por nada en el último diálogo de Boyhood se afirma que no somos nosotros los que capturamos el momento, sino el tiempo el que nos atrapa a nosotros.

Mientras que Birdman persigue al reloj a través de una secuencia estrecha y minuciosa, en Boyhood es el calendario el que parece perseguir a la película, que va saltando de un año a otro, con la fluidez de la edad natural. Mason, el protagonista de Boyhood, se vuelve un apasionado de la fotografía. La película también va capturando los pliegues del tiempo, sus breves estaciones y recovecos, hasta conformar la foto del conjunto, que no es otra que la conquista de la autonomía por parte del protagonista, la épica de su individualidad. En Birdman también hay una lucha del héroe por su autonomía, por escapar de los condicionamientos del pasado y la memoria colectiva, en un intento heroico pero real de desprenderse de las veleidades del ego y la gratuita condescendencia de los otros, y adueñarse de la firmeza e independencia del yo. 

Mientras Boyhood trabaja el tiempo por acumulación, Birdman lo hace por intensificación. De ahí que en Birdman se emplee una puesta en abismo: un actor en la vida real, Michael Keaton, representa a un actor: Riggan Thompson, cuyo prestigio también fue lastimado al protagonizar una películas comercial sobre un superhéroe y ahora trata de encontrar su luz propia encarnando intensivamente a otro personaje.

En Boyhood es el paso del tiempo el que va proporcionando a los personajes nuevas circunstancias y dimensiones: el niño de seis años se va convirtiendo en un adulto que se enfrenta solo al mundo. La intensidad de la historia se logra mediante la consumación de cada una de sus etapas. En Birdman se obtiene por medio de la nivelación de sus cuadros y escenas. La última frase de Boyhood sirve de epílogo a ambas: «El momento es como si siempre fuera ahora mismo». En otras palabras, el presente es un ascensor y no un camino.

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