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Crónica

En la vía a Calamar

Las ocurrencias y el significado simbólico de algunos actos de personajes del Caribe como el escritor Ramón Illán Bacca y los artistas plásticos Álvaro Barrios y Ruby Rumié hacen parte del nuevo libro ‹En la vía a Calamar›. 

El Dominical

Las ocurrencias y el significado simbólico de algunos actos de personajes del Caribe como el escritor Ramón Illán Bacca y los artistas plásticos Álvaro Barrios y Ruby Rumié hacen parte del nuevo libro ‹En la vía a Calamar›. 

Ramón Illán Bacca tiene un agudo sentido del humor, y eso es lo que sus lectores destacan por esa manera tan singular de entretejer  historia y ficción en medio de situaciones insólitas. No obstante, sus textos están cargados de un mensaje trascendente que se repite hasta la angustia, de manera que poco se observa la seriedad con la que escribe. Es de los contados escritores que pudieron alcanzar un estilo y una voz propia, que pudieron superar la notoria influencia de Gabriel García Márquez entre los de su generación.  

Una mañana de agosto, en medio de un calor abrasivo, lo alcancé a divisar al otro lado de la calle mirando de un lado a otro. Parecía haber extraviado su camino. La canícula estaba instalada en lo más alto del eje terrestre, a esa hora deambulaba a saltitos por la acera contraria a la de la Biblioteca Piloto del Caribe, en el tráfago vehicular de la Vía 40. Cuando me detuve a saludarlo me explicó, dejando mi mano extendida, que había ido hasta allí para acompañar a Miguel Iriarte en su carro hasta Calamar, en el departamento de Bolívar, para participar en un evento homenaje  a Meira Delmar y a Gustavo Ibarra Merlano. Está de mal genio, no tanto porque Miguel ha debido aplazar el viaje, sino porque los choferes de taxis, a quienes llama «emperadores de la ruta», no se detienen ante su llamado. «Esta es Barranquilla, procera e inmortal», dice a manera de saludo cuando lo invito a subirse en mi auto. «Pasan dos o tres carros amigos, dan un pitido amistoso, hasta hacen un ademán cordial, pero ni de fundas que invitan. ¿Por qué será que en esos momentos pienso en el árbol genealógico de los amigos con carro?», dice, y muestra al fin una sonrisa. Me pregunta si por casualidad tengo ruta hacia Calamar y, tras confirmárselo, al tiempo que hace un gesto de no creerlo, su semblante se ilumina. Su temperamento es nervioso, se mueve con facilidad, no obstante su figura regordeta y su malogrado ojo. Levanta sus gafas con asiduidad y se limpia de la frente el sudor con un pañuelo. 

Ya estábamos en la ruta. De la Vía 40 pasamos a una atiborrada calle 30 que, a esa hora, por ser día de mercado, está inundada de carros que hacen más lento nuestro tránsito por ella. Para no dejar que esa circunstancia nos indujera mal genio, iniciamos una informal conversación acerca del Canal del Dique, mientras la vía se va despejando en la medida en que salíamos de la ciudad. Me dice que no ha ido antes a este puerto fluvial que visitaremos y que alguna vez tuvo gran significación como enclave entre Cartagena y el interior del país. Lo poco que sabe es que las primeras culturas cerámicas nacieron en la zona del canal, eso se lo dijo alguna vez el antropólogo Carlos Angulo Valdés. Le digo lo único que pude conocer antes de salir: que su extensión debe ser unos 120 kilómetros entre Calamar, a orillas del Magdalena, y Pasacaballos, en la bahía de Cartagena. Nos reímos de nuestra suma de ignorancias y, para compensarlas con nuestras miradas a otras latitudes, le pregunto sobre su reciente viaje a Europa, del cual he conocido aspectos fragmentados por versiones de amigos comunes.

Me invitaron a un congreso académico en Toulouse, organizado por Jacques Gilard. Llegamos profesores de 17 universidades, casi todas europeas, y algunos de Colombia, con la característica común de tener estudios muy sesudos sobre la obra de Marvel Moreno. Yo fui en representación de la Universidad del Norte, pero eso no significa que me hubieran pagado los pasajes, pues tras unos días de incertidumbre, finalmente los proporcionó el Ministerio de Cultura. Pero bueno, el asunto es que fui. A mi paso por París estuve almorzando en casa de Julio Olaciregui, allá llegó Efraín Cortez, «el pintor del barrio Abajo» y lo que me mostró de su obra me gustó, pero no me pareció tan bueno como lo que le conocimos cuando vivía aquí, aquellas escenas que pintaba de su barrio y su gente, ahora era más Trianón, más Atenas y combinaciones que hace él con Aquiles y la Tiendecita, así más o menos era ese cuento.

 

 

P. Hay un modo creativo de lidiar con la locura y la fascinación de esa ciudad y es visitando sus museos ¿alcanzaste a hacerlo?

R.

 Sí, vi algunas cosas, pero me negué a ir al Louvre. Ya no tenía tiempo, tenía que elegir entre caminar por ahí con María Valencia, la hija de Gloria Gaitán, sentarnos en un café y ver caminar a la gente, y preferí hacer eso. Ya antes nos habíamos dedicado a caminar el barrio bohemio Montmartre, ir desde el Moulin Rouge hasta el Pantheon para apreciar cómodamente esa impactante panorámica de la ciudad, visitamos las tumbas de Víctor Hugo, la de Voltaire, la de Jean Monnet, y las de otros ilustres personajes de su historia. Habíamos caminado hasta un museo de Orly, y después de todo eso terminé fatigadísimo. Además, venía de Madrid donde estuve en el Museo del Prado. Llegué a la conclusión de que para museos soy más bien malo. Tendría que haber ido con más tiempo disponible y con mucha calma. Hacer lo que fuimos a hacer y, más museos, todo junto, ¡no! Vimos Notre Dame y dos iglesias más y me negué a ver otras, preferí quedarme afuera, ver la gente. Me gusta la vida de la calle, es lo que me atrae. Yo creo que se me había agotado la paciencia del turista, y es que antes había pasado por Madrid,  una ciudad que me encantó por su vida nocturna. Madrid es muy movida, no tanto Barcelona, que tiene su cierto misterio, las callejuelas alrededor de Las Ramblas tienen una atmósfera de misterio, vi la basílica de Gaudí que ahora parecen estar terminándola,  ahora sí, es lo que dicen, con ella ha sucedido lo que con esas catedrales de la Edad Media que las terminaban cinco siglos después. Yo creo que va por ahí. No deja de ser interesante ese ir y venir en un movimiento recurrente alrededor de ella, muchos turistas visitando esa construcción que nunca acaba, todo el sector lleno de máquinas, grúas, instrumentos y andamios, obreros, maestros de obra, ingenieros, calculistas dando cuerpo a esa obra de arquitectura fabulosa, y a su interior tan sofisticado. Soy poco bueno para ver obras de arte, necesito más tiempo y estar acompañado de alguien que me diga tantas cosas que mi mente pregunta, necesito de un guía, yo estaba con una amiga lingüista a quien quiero mucho, pero no le interesaba lo que a mí me interesa y siempre estaba refunfuñando, «Vámonos, tenemos que irnos ya», y así era como andar solo. En otros lugares donde estuve, el Barrio Gótico, el paseo de Gracia, la carrera de Verdi, la arquitectura de Gaudí, la fuente de Montjuic. Estuve con gente a la que no le interesan los asuntos minuciosos que a mí me llaman la atención, entonces no obtuve la experiencia que hubiera querido. Te voy a confesar una cosa: si estuviera más joven y pudiera decidirlo, en cualquiera de estas dos ciudades me hubiera gustado vivir.

 

P. Hablemos de Escribir en Barranquilla, esa colección de crónicas y ensayos sobre la historia de la literatura en esta ciudad, y las vicisitudes del oficio de escribir. ¿Cómo nace la idea de esa investigación y la de hacer ese libro?

R.

Debo decirte que nunca tuve esa pretensión de libro, porque al principio, en honor de la verdad, fueron unas crónicas sueltas sobre lo que había en materia de literatura en Barranquilla en el siglo pasado, a comienzos, las cosas que se publicaban, las tertulias que hacían, las congregaciones de escritores alrededor de su oficio, lo que leía la gente, los movimientos que aquí se hicieron y alrededor de lo que se congregaban, sin profundizar en autores ni en el análisis de los libros, 

De modo que como idea de libro nunca fue lo que es. La primera parte son artículos que publiqué primero en Huellas, la revista cultural de la Universidad del Norte. Eran de corte académico, pero bien sabes que nunca tuve ese rigor porque siempre que se suponía que estaba haciendo academia me salía la visión del periodista, de manera que hice unos artículos sueltos, sin esa densidad que tienen los artículos académicos que terminan por ser aburridos, ¿no?, por lo menos los míos son un tanto ligeros, no tienen esas exigencias a las que la somete la academia. Ahí surgió la idea, pero después me di cuenta que podía cobrar por eso y me dije bueno, pero lo voy a poner como una investigación. Hacerlo así me ayudó para obtener una plata que estaba necesitando, tú sabes que mi sueldo no es bueno, eso me sirvió para redondear algunos gastos. Lo que siguió fue tratar de que el libro cogiera cuerpo.  Esa es la verdad.

 

P. En tu crónica ‹La desposada de una sombra›, de A. Z. López Penha, señalas que la trama aunque sencilla es engañosa. Julio Enrique Blanco se refería a ella como tonta o sonsa. ¿Estás de acuerdo?

R.

Como la novela era conocida, lo del esoterismo en ella no representó un descubrimiento, ¿recuerdas su trama? Es en un baile de carnaval donde un médico joven conoce a una mujer, llamativa ella por sus atractivos, y por más que trata de conquistarla ella no lo acepta, pues al parecer estaría enamorada de alguien a quien solo vio en una fugaz ocasión y a quien le ha prometido amarlo eternamente. Al final se descubre que él y la «visión» esporádica del enamorado son la misma persona que se había proyectado astralmente en un sueño.

La edición de ese libro se hizo en París, el que leí estaba bien conservado y no me fue difícil encontrarlo. En Barranquilla, dos o tres personas, por lo menos, lo tenían.  Julio Enrique Blanco había captado el fenómeno esotérico, a la gente de su época tal vez se les hacía extravagante a pesar de que el espiritismo tenía mucha audiencia.
En aquella época había muchos iniciados en esas llamadas ciencias ocultas en la ciudad, lo que pudo parecerle sonso a Julio Enrique Blanco

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