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Germán Vargas Cantillo y su esposa Susie Linares Ruiz le sonríen a Darío, el primero de sus tres hijos.
Germán Vargas Cantillo y su esposa Susie Linares Ruiz le sonríen a Darío, el primero de sus tres hijos.

Crónica

El Dominical | Germán Vargas Cantillo: cien años de felicidad

De Germán, mi papá, escucho todavía su carcajada fresca, su voz nítida, su mamadera de gallo. Perfil de un hombre que no hizo fortuna, más allá de los 10 mil volúmenes de su biblioteca.

De Germán, mi papá, escucho todavía su carcajada fresca, su voz nítida, su mamadera de gallo. Perfil de un hombre que no hizo fortuna, más allá de los 10 mil volúmenes de su biblioteca.

A mediados de junio de 1900, un ejército fantasmal y hambriento mascullaba su derrota en Palonegro, al oeste de Bucaramanga, mientras bajaba la cordillera hacia Ocaña, en busca del río Magdalena. Entre los oficiales de aquella tropa insurgente, que había comandado el general Rafael Uribe Uribe, marchaba Ciro Vargas Vargas, un santandereano que, como muchos liberales del interior, guardaba la esperanza de reactivar en el Caribe la lucha contra el gobierno godo.

La guerra civil que apenas llevaba ocho meses se prolongó hasta completar los Mil Días. Capturado por el Ejército, Vargas fue a dar a las bóvedas de San Diego, en la muralla de Cartagena, donde hoy venden artesanías. Gracias a los tratados de paz de Neerlandia, fue amnistiado y se dirigió a Barranquilla para probar suerte como comerciante.

Allí conoció a Magdalena Cantillo, una caribeña de racamandaca de cuya familia contaban que había llegado con las vacas, para referirse a la leyenda fundacional de la ciudad de inicios del siglo XVII, cuando una sequía bíblica obligó a los ganaderos de Galapa a arrimar, en busca de agua para sus reses Miura, a los barrancos de San Nicolás, donde se asentaron.

Germán, mi papá, el quinto hijo de los once que Magdalena y Ciro trajeron al mundo, nació el 22 de marzo de 1919, hace 100 años. De buena estatura, ojos azules –muy claros–, mechones castaños y piel morena, a los 17 años tuvo que dejar el bachillerato para ayudar en la casa, pues don Ciro había muerto años antes. Su elegante voz, que resonó en las sesiones solemnes del colegio San José –donde también destacó como basquetbolista–, llevó a la Voz de Barranquilla a contratarlo como locutor de noticias.

En esa estación, y luego en Emisora Atlántico, narraba el informativo que comentaba el profesor español José Pérez Domenech. Una tarde tras otra –con el patrocinio de cigarrillos Pielroja– les contaron a los barranquilleros (esa marmita de costeños que se mezclaron con inmigrantes cachacos, y con miles de gringos, italianos, españoles, alemanes, franceses, sirios, palestinos y judíos) la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial, al son de los cables de la United y de la Associated Press, y de los recortes de periódico que, con algunos días de atraso, le llegaban a Pérez Domenech desde Europa. A la salida del trabajo, cientos de empleados se arremolinaban frente a un enorme picó a las puertas de la emisora, para escuchar las últimas noticias y vivar –según las preferencias– a republicanos o a nacionalistas, a nazis o a aliados.

En las mañanas, Germán daba clases en el Colegio Barranquilla y escribía columnas, primero en El Nacional y luego en EL HERALDO. Con el tiempo prefirió la máquina de escribir –que tecleaba con el frenesí de sus dedos índice y corazón– a los micrófonos, y reservó tiempo para sus dos grandes aficiones: el ron y la lectura, con un cigarrillo sin filtro encendido siempre, de modo que consumía tres cajetillas al día.

A fines de los 40, la olla multicultural de la Arenosa hervía a orillas del Magdalena y a un brinco de las playas, y arcones de libros llegaban a los muelles con destino a la Librería Mundo, propiedad de otro santandereano, don Jorge Rondón. Mi papá y Alfonso Fuenmayor, que se habían conocido una tarde en un bus de la ruta Boston–Prado, solían ayudarle a Rondón a desempacar y organizar los volúmenes, no sin antes embolsillarse unos cuantos. Entre los libros que heredé –primeras ediciones de Borges y Cortázar, y traducciones de Faulkner, Caldwell y Saroyan de la bonaerense Editorial Sudamericana–, muchos conservan el sello de la Mundo. 

Gracias al escritor José Félix Fuenmayor, padre de Alfonso, mi papá conoció a don Ramón Vinyes, un catalán que tenía fama de sabio y les hablaba de literatura a los más jóvenes –luego se unirían al grupo Álvaro Cepeda y, más tarde, Gabriel García Márquez, así como el pintor Alejandro Obregón–, primero en los cafés del centro y luego en La Cueva, en 20 de Julio con la 59, allí mismo donde el empeño siempre alegre de Heriberto Fiorillo la mantiene viva. Por aquellos años, Obregón retrató a mi papá: lo pintó con los párpados bajos, leyendo Sasha Yegulev de Leonid Andreiev, porque se sintió incapaz de reproducir sus deslumbrantes ojos azules.

Germán andaba inmerso en esa bohemia sin fin de la que solo se escapaba cuando un libro le secuestraba el alma, como le ocurrió con En Busca del tiempo perdido de Marcel Proust, que lo alejó de la parranda durante un par de semanas hasta que devoró el último de sus siete tomos. Y entonces conoció a una recién graduada del Colegio Lourdes, mientras la entrevistaba para un puesto de secretaria en la Contraloría Departamental, donde él fungía como jefe de prensa.

–Mírala bien, –le dijo mi papá, ese mismo día, a un compañero de oficina–: me voy a casar con ella.

Año y medio después, Susie Linares Ruiz, de 20 años, entró a la iglesia vestida de blanco para darle el ‹Sí› a Germán, próximo a cumplir los 37. En 1957, un siete de abril, nació Dario. Matrimonio y paternidad sacudieron al bohemio que resolvió dejar La Cueva y Barranquilla, para escapar de una vida que lo habría hecho mal padre y peor esposo. Por aquellos días, quemó una docena de borradores de sus cuentos que, según solía contar «eran muy malos».

Garmán Vargas Cantillo y Susie Linares Ruiz en su boda, el 6 de enero 1956.
Garmán Vargas Cantillo y Susie Linares Ruiz en su boda, el 6 de enero 1956.

Se descantó como lector de sus amigos Cepeda y García Márquez –de niño vi durante semanas los originales de Cien años de soledad en mi casa en Bogotá–, y de cientos de escritores que le enviaban manuscritos, confiados en su olfato y en su capacidad para conseguirles una editorial como ocurrió con muchos. En 1967, apenas terminó los originales de la obra que lanzó a Gabo a la fama, escribió un artículo premonitorio: «Cien años de soledad: una novela que hará ruido». Para ese momento, el libro apenas iba a salir en las librerías.

Pero mejor me devuelvo. Con Dario aún bebé, recién terminada la dictadura de Rojas Pinilla, Susie y Germán llegaron a Bogotá donde él había aceptado gerenciar una importadora de libros. Pocos años duró y dejó bastante maltrecha a la empresa: lo suyo eran las letras, no los números. Pronto encontró refugio en el periodismo, en la revista Visión y en Encuentro Liberal.

En casa nada sobraba: mi hermana Eula nació en el 58, y yo, que no estaba en las cuentas, en el 61, y vivir del periodismo era imposible en esos años. En 1970, el presidente Misael Pastrana nombró a Juan B. Fernández Renowistky, viejo amigo de mi papá, como Ministro, y Juan B. se lo llevó como secretario privado. De ahí saltó a director de la Radiodifusora Nacional, que hacía parte del poderoso Instituto Nacional de Radio y Televisión, Inravisión, que mi papá dirigiría desde 1978 hasta 1980, cuando renunció para jubilarse y, sobre todo, para escapar a un destino político que no deseaba: «Me amenazaron con nombrarme ministro de Comunicaciones», contaba con sonrisa traviesa.

Él llevaba años planeando su regreso a Barranquilla, a donde al fin volvió en 1980. Ese mismo año, recién terminado mi bachillerato en Bogotá, me vine a trabajar como reportero a EL HERALDO, en donde mi papá comenzó a escribir su columna diaria: Un día más. Aunque disfrutaba beber whisky con sus viejos amigos, nada le gustaba más que conversar con «los pelaos», lo mismo quienes conformábamos en EL HERALDO el kínder de Olga Emiliani –entre ellos Roberto Pombo y Marco Schwartz– que cualquier joven que llegara a su oficina con los borradores de un cuento, unos poemas y hasta una novela, en busca de su opinión y de contacto con una editorial.

Siempre generoso, trataba a todos con respeto, lo mismo a presidentes y ministros, a su amigo Nobel de Literatura, que a «los pelaos». A sus visitantes les ofrecía café y un Pielroja del bolsillo de su guayabera, o una caribañola  del afamado puesto de fritos de la esquina. Regalaba consejos y animaba a seguir a quienes lo merecían, pero consideraba su deber hablarles con franqueza a quienes no tenían futuro.

–Su novela decae al principio, –sentenció una vez a un empleado bancario empeñado, para angustia de mi papá, en dejar su trabajo y dedicarse a escribir. 

Germán Vargas Cantillo no alcanzó la fama, pero cientos vivieron agradecidos con él. Tampoco hizo fortuna, más allá de los 10 mil volúmenes de su biblioteca o de los cuadros de Obregón y Enrique Grau que colgaban en las paredes de la casa. Vivió una vida feliz, pues la felicidad era su único credo. Esa vida cumpliría hoy 100 años, una edad que él jamás quiso, contento con llegar a los 72 sin haber pasado una noche en una clínica. Murió de un infarto fulminante –la muerte del justo, le dicen– un amanecer de fines de mayo de 1991, mientras se duchaba. 

Han pasado 28 años, pero aún escucho su carcajada fresca, su voz nítida que lo mismo hablaba de literatura que cantaba boleros, vallenatos y tangos, sus consejos al vuelo a quien quisiera oírlos, su mamadera de gallo. Y ahora que yo mismo volví a Barranquilla, recuerdo aquellos días de inicios de los 80 cuando nos vinimos juntos a EL HERALDO él, jubilado ya, yo apenas empezando. Entonces fuimos más cercanos que nunca y me enseñó a disfrutar la vida, a gozar con lo bueno que nos da y a encajar con entereza los golpes que nos propina. «Anda Mau –me decía, sentado en su mecedora, cuando le contaba algún fracaso–, más se perdió en el diluvio». Y su sonrisa iluminaba la sala.

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