La Guerra Fría, ese periodo de casi cincuenta años, posterior a la Segunda Guerra Mundial, en el que soviéticos y estadounidenses mantuvieron en vilo al resto del planeta con el riesgo de que en cualquier momento, desde la Casa Blanca o el Kremlin, se oprimiría el botón que daría inicio a una confrontación nuclear, ha vuelto por estos días a ser recordada por la prensa debido al revuelo causado por el envenenamiento en un bar del exespía ruso Serguei Skripal y su hija Yulia, hallados inconscientes en la banca de un parque en Salisbury, sur de Inglaterra.

Como si se tratara de una novela o una película de espionaje, Skripal, de 66 años, y su hija fueron atacados con un químico llamado Novichok, cuyos efectos son más devastadores que los del gas sarín. No fue difícil enfocar la responsabilidad del ataque a Rusia, ya que la sustancia es producida por los laboratorios militares de ese país desde los años 70.

Para el gobierno de Theresa May es una afrenta que Rusia haya atacado en suelo británico al exespía, quien había recibido refugio en el Reino Unido tras ser condenado en 2006 a 13 años de prisión en su país por vender información sobre agentes –como él– durante por lo menos una década.

Skriplal, agente doble que comerciaba información a cambio de dinero, fue dejado en libertad en 2010 como parte de un intercambio de espías entre Estados Unidos y Rusia que se produjo en Viena. Desde entonces fue recibido por el Reino Unido.

Yulia viajó desde Moscú a visitar a su padre a comienzos de este mes, y el químico habría sido esparcido en su equipaje. Skripal y su hija se encuentran en condición grave como resultado del Novichok, ha informado el gobierno británico.

El episodio, que bien podría haber sido sacado de una novela de John Le Carré, ha dado origen a una tensión diplomática que no solo involucra al gobierno británico, sino también a su poderoso aliado Estados Unidos, con Rusia. Ante la falta de explicaciones de Moscú, 23 diplomáticos de ese país fueron expulsados la semana pasada del Reino Unido y hasta la participación de la selección inglesa en el Mundial de fútbol de Rusia se ha puesto en duda.

Para Moscú, el escándalo busca dañar la imagen del presidente Vladimir Putin de cara a las elecciones (cumplidas ayer) en las que, según todas las encuestas, se asegurará un cuarto mandato.

Episodios como este no son ajenos a Putin y su gobierno. Su posible incidencia en la campaña que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca sigue siendo investigada. Amo y señor de su país, los escándalos parecen robustecer su imagen de hombre fuerte y, según algunos analistas, sustentan su permanencia en el poder.