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Editorial

El Editorial | Prolongar el confinamiento

En Colombia, donde a muchos les cuesta creer que estamos en medio de una “tormenta inesperada y furiosa”, como llamó el papa Francisco a esta crisis, ya se empezó a hablar de prolongar el confinamiento y es lo que toca.

Francia, que está cerca de los 2 mil muertos, extendió dos semanas más hasta mediados de abril el confinamiento de sus habitantes para contener el avance del coronavirus y sus autoridades dejaron abierta la posibilidad de volver a hacerlo las veces que haga falta. En Bélgica estarán en cuarentena hasta el 19 de abril, y en Italia, donde el número de fallecidos estuvo a punto de llegar a los mil en un solo día, están considerando prolongar el encierro hasta el 31 de julio.

En Colombia, donde a muchos les cuesta creer que estamos en medio de una “tormenta inesperada y furiosa”, como llamó el papa Francisco a esta crisis, ya se empezó a hablar de prolongar el confinamiento y es lo que toca. Resulta irritante, por decir lo menos, constatar cómo se multiplican los irresponsables, especialmente jóvenes, que siguen sin asumir la gravedad de permanecer en las calles organizando festejos y, de paso, irrespetando con todo tipo de agravios a la Policía que llega a conminarlos frente a su anómalo comportamiento.

Sus soberbias palabras, carentes de sentido colectivo y solidario, de empatía y humanidad, ultrajan no sólo la dignidad del uniformado que cumpliendo con su deber les pide acatar la norma, sino que insultan la lucha por la supervivencia y recuperación de los más de 572 mil enfermos de coronavirus que hay hoy en el mundo. Ni hablar de lo que deben sentir cuando son testigos de tan recurrente inconsciencia los seres queridos de las 26 mil personas que ya perdieron la pelea contra el voraz brote.

El lunes 13 de abril, cuando debe terminar el aislamiento obligatorio, según la previsión inicial del Gobierno, muchos necios anticipan una gran celebración porque consideran que esta fecha marcará el fin de la pandemia. Qué equivocados están, qué obstinado propósito de vivir en tinieblas, de espalda a la realidad o negándose a estar a la altura de este desafío. Temor o rebeldía, da igual. A la COVID-19, porque ahora según la RAE hay que llamarla así, le da lo mismo.

De manera juiciosa médicos epidemiólogos y especialistas no se comprometen con predicciones sobre el fin de la pandemia. Los periodistas, como tratando de abrir un compás de espera para la normalidad tan anhelada, insisten en pedir una fecha, pero se estrellan contra el rigor científico. Está claro que luego de alcanzar el pico de la curva, y aún estamos lejos, empezará un descenso que no será instantáneo. Disminuirán los casos y las hospitalizaciones, pero el virus seguirá circulando y si no se mantienen estrictas medidas de aislamiento social es posible que se produzca un nuevo brote. Cuando la cuarentena termine, y todavía no hay fecha para ello, se tendrá que examinar el postconfinamiento en el que será muy difícil retomar la vida social como antes la conocíamos. Será necesario ir con pies de plomo para no equivocarse.

Prolongar un confinamiento es una decisión política con un enorme impacto económico, pero la salud de millones de personas está en juego. Mantener un aislamiento a medias, dicen los expertos, no funciona y la clave está en cuidar a las personas de mayor riesgo. Si las medidas se levantan muy rápido, la crisis seguirá. Por eso, también se demanda un acuerdo internacional para mantener las restricciones globalmente.

Francisco tiene más razón que nunca, el mundo atraviesa hoy "un vacío desolador que paraliza todo a su paso”. No puede seguir cada uno marchando por su cuenta, y en medio de este desafío lo sensato es entender que las decisiones, por más radicales que sean, hay tomarlas unidos porque “nadie se salva solo".

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