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El Editorial | La última gambeta de Diego

Si hay alguna explicación del magnetismo que produce el fútbol en el inconsciente de los hombres, seguramente tendría que ver con genios como Diego Maradona.

Las calles polvorientas y sin pavimentar del barrio Villa Fiorito en Buenos Aires, Argentina, se convirtieron en la escuela de Diego Maradona. De allí obtuvo la picardía, la habilidad y el carácter para defender la pelota, el objeto deseado por todos porque sus sueños de progresar y salir de aquellos lugares desesperanzadores dependían de la amistad con ella.

Ninguno como él para hacerla sumisa, obediente a los mágicos lances de su pie izquierdo. La llevaba ‘atada al pie’. Quizá por eso era capaz de dominarla y hacer prodigios con ella aún sin amarrar sus cordones.

Pero no fue solo malabarismo, que ser testigo de ellos ya era un asombro que agradecíamos, sino todo su virtuosismo, sus inverosímiles gambetas, su precisión en el remate, sus espectaculares goles y, sobre todo, su valentía para enfrentar los grandes desafíos. Como, por ejemplo, transformar la lánguida historia del Nápoles de Italia, siempre perdedor ante los grandes del norte (Juventus, Milán, Inter…), en ganadora de cinco títulos, incluidos dos scudettos y una Copa UEFA.

Pero su influencia no fue solo futbolística, para los napolitanos, Maradona fue una bandera victoriosa. Y sabiéndolo, lo aprovechaba para dar rienda suelta a su infaltable actitud provocadora declarando, previo al partido entre Italia y Argentina en la semifinal del Mundial de Italia en 1990: “Me fastidia que se pida ayuda a los napolitanos que durante 364 días al año no son considerados italianos”.

Si hay alguna explicación del magnetismo que produce el fútbol en el inconsciente de los hombres, seguramente tendría que ver con genios como Diego Maradona. La atracción ancestral del ser humano por jugar con elementos esféricos se vio recompensada al ver a alguien capaz de maravillosos, perfectos e inolvidables toqueteos con uno de ellos: el balón de fútbol.

El Mundial de México en 1986 fue el de Diego Maradona. Argentina fue campeón no solo por él, pero sin él no lo hubiera conseguido. Ante los ingleses, le regaló al mundo el más hermoso gol de los mundiales: una aventura individual de 10 segundos y sesenta metros, llena de toda la magia, desenfado y rebeldía de un auténtico portento del fútbol.

Nadie necesitó tan poco tiempo para explicar en qué consiste el fútbol en su estado puro. Acababa de eludir a cinco ingleses y anotar el dos a cero a favor de los argentinos. Era el mejor gol legítimo, pero ya había convertido el ‘mejor ilegítimo’: la famosa “mano de dios”.

Un ídolo es, entre otras cosas, ese personaje que permite proyectar muchos de nuestros deseos y aspiraciones, con el que nos identificamos y nos brinda sentido de pertenencia. Alguien que asume y gratifica nuestras aspiraciones. Pero, además, es un héroe. Maradona lo fue más que nadie para los amantes del fútbol, pero sobre todo y desmesuradamente para la gran mayoría de hinchas argentinos. Aquel que ‘vengó’ la derrota de las Malvinas fue para siempre héroe nacional.

“Como argentina, nadie me ha dado más alegría”, repetía una y otra vez una mujer entrevistada después de aquella victoria. La fantasía de Maradona y el trasfondo de la guerra de las Malvinas, indisoluble recuerdo en los argentinos que los alentó a asignarle una tarea injusta e imposible: la función de Dios. Con iglesia incluida.

La literatura lo trata de explicar a su manera: “¿Qué le pasó a usted cuando Diego Maradona, en la mejor jugada de cualquiera de los tiempos, le hacía el segundo gol a los ingleses en el Mundial de México?”, pregunta el escritor Ariel Scher a través del personaje del cuento ‘Todo mientras Diego’, y las respuestas son fabulosas y reflejan lo que en realidad piensan los argentinos de su ídolo.

“Mientras Diego zigzagueaba personas, colgaba ropa mojada y cuando la pelota entró al arco, la ropa, de golpe, se secó”. Otro le respondió: “Estaba viendo el partido dentro de una pensión sin nombre y en la más fea de las soledades, pero cuando el gol corrí hasta un cuadro que colgaba torcido en una pared sucia, lo estreché en un abrazo, y uno de los personajes del cuadro, a la vez me abrazó”.

Y uno más dijo “en el momento justo que Maradona terminó de armar ese camino de jugadores ingleses frustrados, yo me levanté de mi silla y le acaricié las mejillas a mi abuelo, que lloraba y reía. Tardé cuatro o cinco minutos en recordar que mi abuelo había muerto hacía diez años. Pero yo sé, lo sé claramente, que ahí lo acaricié”. 

No sabemos si Maradona se enteró de que algún día Picasso dijo que el peor enemigo de la creatividad es el buen juicio, pero lo creyó a pie juntillas y su extraordinario talento creativo dentro de la cancha no tuvo fuera de ella la compañía del buen juicio.

Y, entonces, convirtió su vida en una espiral de escándalos, despropósitos, drogadicción. Hace apenas un mes cumplió sesenta años y se mostraba en un estado lamentable, degradado física y mentalmente, como si en realidad hubiera cumplido el doble.

Como en el terreno de juego siempre salió airoso de las encerronas que le proponían sus rivales, pensó, y también sus fanáticos, que en la vida después del fútbol, en la vida real, también iba ser capaz. Durante los últimos veinte años lo había logrado. Ayer ya no pudo gambetear más su final. Ayer murió Maradona y con él, una parte del fútbol. Paz en su tumba.

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