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El Editorial | El día de Anthony Zambrano

A pesar de su juventud, el joven atleta medallista de plata Tokio-2020 atesora una férrea determinación que lo empuja a retarse una y otra vez y a superar sus metas como hace con sus rivales.

29 años tuvieron que pasar para que un atleta colombiano se colgara nuevamente una medalla en las exigentes pruebas de atletismo de pista de los Juegos Olímpicos. El guajiro con corazón barranquillero Anthony Zambrano emuló la proeza conseguida el 5 de agosto de 1992, en Barcelona, España, por la antioqueña Ximena Restrepo, quien había anticipado que el joven corredor no defraudaría en la prueba de los 400 metros. No se equivocó. Ni ella ni los millones de compatriotas, en particular su constelación de seguidores en el Caribe colombiano a la que, luego de ver a Anthony con su medalla de plata en el pecho y envuelto en el tricolor patrio, no le cabía la sonrisa en el rostro ni la emoción en el cuerpo.

Ciertamente, un día para la historia, la de Anthony, y la del deporte colombiano que nunca antes había visto a un atleta masculino ganar una medalla olímpica en una prueba de velocidad. ¡Y qué velocidad! 44,08 segundos, con los que el asombroso corredor le demostró al país, y de paso al mundo entero, lo que es capaz de hacer. El sueño de toda una vida hecho realidad.

La medalla de plata ganada por Anthony Zambrano es mucho más que el merecido reconocimiento al brillante desempeño de un atleta de excepcionales condiciones físicas y dueño de una personalidad indómita e impetuosa capaz de romper cualquier molde establecido. Este triunfo que hoy sabe a gloria corona una vida de carencias, sacrificios y penurias del travieso niño del barrio Las Gaviotas, de Soledad, al que le dolían tanto las piernas tras sus agotadoras jornadas como bicitaxista, ayudante de construcción o recolector de chatarra que, a veces, no tenía fuerzas para asistir a sus entrenamientos. Sin embargo, la constancia vence lo que la dicha no alcanza y Anthony tenía claro que el atletismo era la forma para dejar atrás, a punta de trabajo duro y dedicación absoluta, la precariedad con la que él y su madre, Miladis Zambrano, han lidiado la mayor parte de sus vidas.

El amor de esta mujer, a quien nunca le tembló la mano para darle unas aleccionadoras ‘limpias’ a su incansable ‘pelao’ -cuando lo alcanzaba, claro- ha sido fundamental para forjar el singular carácter del deportista considerado como un irreverente e incluso, un rebelde. Una condición que sus entrenadores consideran le ha servido para nunca darse por vencido pese a la suma de adversidades que aparecieron en su camino prácticamente después de venir al mundo, y cuando empezó a disfrutar de las mieles del triunfo y perdió momentáneamente el rumbo.

A pesar de su juventud, Anthony atesora una férrea determinación que lo empuja a retarse una y otra vez y a superar sus metas como hace con sus rivales. Su fortaleza ha sido puesta a prueba desde que era un pequeño y corría descalzo sus carreras para no estropear los únicos zapatos que tenía. “Aprendió a ser hombre siendo niño y por eso, es tan fuerte”, dicen de él, mientras el propio Anthony se reconoce como un “loco, dentro y fuera de las pistas”. Qué viva la locura. Sus tatuajes, aretes, cadenas y otras excentricidades en sus atuendos lo han convertido en una figura con un sello propio que hoy reconocen desde las autoridades más connotadas de la nación hasta los deportistas más insignes de nuestra historia reciente.

Colombia debe aspirar a más atletas como Anthony Zambrano. Cuántos niños vulnerables con su mismo talento no encuentran las oportunidades a las que se aferró el hoy medallista olímpico. La actuación en los Juegos, bastante más discreta de lo esperado, debería servir para replantear la manera en la que se descubren nuestras futuras glorias. Anthony tuvo suerte, le costó muchísimo pero lo logró, y eso hace más meritoria su hazaña. Soñemos con más alegrías, trabajemos unidos para tener más campeones como Anthony.

 

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