Uno de los grandes actos de desobediencia civil pacífica que se han realizado en la historia reciente de Barranquilla sucedió a partir de 1974, cuando el entonces presidente de la República, Misael Pastrana Borrero, inauguró, con el nombre del expresidente conservador Laureano Gómez, el puente que une a nuestra ciudad con el departamento del Magdalena.

Eran unos tiempos en que la política se dirimía entre liberales y conservadores, y Barranquilla era predominantemente roja. Que el anhelado puente llevara el nombre de un conspicuo ‘godo’ supuso una afrenta para la mayor parte de la población, que, en una especie de conspiración colectiva, comenzó a denominarlo Pumarejo, en honor a Alberto Pumarejo, un prestigioso abogado y político que se caracterizaba por sus batallas en favor de los intereses de la ciudad y que había sido el promotor más entusiasta de la obra.

Esa rebelión se mantuvo durante 45 años, e incluso continuó cuando el Gobierno de Juan Manuel Santos comenzó hace cuatro años la construcción de un puente mucho más moderno e imponente sobre el río Magdalena. De manera casi instintiva, y mientras en los laberintos burocráticos de Bogotá evadían el debate sobre posibles denominaciones para la obra, los barranquilleros lo comenzaron a llamar el “nuevo Pumarejo”.

Tanto Santos como Duque se habían comprometido a bautizar el puente de tal manera, pero solo en la noche del jueves, víspera de la inauguración de la obra, el compromiso se plasmó en un documento jurídico del Estado. En concreto, en la Resolución 6427 del Ministerio de Transporte.

Aunque el puente se iba a llamar Pumarejo “con o sin decreto”, como había manifestado a EL HERALDO el presidente Duque, reconforta saber que esta vez el Estado ha sido consciente de la enorme carga simbólica que en ocasiones pueden tener los nombres y ha obrado en consecuencia, dando carácter formal a la denominación de la obra.

Alberto Pumarejo Vengoechea fue un gran líder político y cívico. Además de una dilatada trayectoria pública –fue concejal, diputado, alcalde de Barranquilla, congresista, embajador plenipotenciario y designado a la Presidencia– promovió obras trascendentales para la ciudad, como Bocas de Ceniza, las Empresas Públicas Municipales o la Zona Franca.

Y, junto a Juan B. Fernández Ortega y Luis Eduardo Manotas, fundó EL HERALDO en 1933. Como se entenderá, que la portentosa obra de ingeniería inaugurada ayer lleve su nombre es motivo especial de orgullo para esta casa editorial. Y, como ya señalamos con anterioridad, un acto de justicia con el pueblo barranquillero.