La Gran Parada no es otro desfile más en la agenda del Carnaval de Barranquilla. Es, quizás, su acto más consciente. Es cuando la fiesta se despoja de lo ostentoso y vuelve a la tradición representada en memoria viva que camina sobre el asfalto del Cumbiódromo de la Vía 40.
Cada paso, cada grito o cada expresión de nuestras danzas patrimoniales es lección transmitida de generación en generación, a manera de tránsito de historias compartidas que sobreviven al paso del tiempo para enseñarnos que la identidad se honra porque nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. No hay herejía posible en la Gran Parada de Tradición que no busca sorprender, sino permanecer; su fuerza no está atada a los vaivenes de lo efímero, sino al respeto por lo ancestral que se esfuerza por ponerle límites al olvido.
Este año, el desfile rinde un merecido tributo a las fallecidas directoras Ángela Pedroza, la ‘Palotera Mayor’; Edaida Orozco, del Paloteo Bolivariano; y a su madre, Luisa Orozco, silenciosas guardianas de saberes que no caben en decretos ni vitrinas. Honrarlas es entender que el patrimonio no se impone, se preserva. Que cada paloteo, con su cadencia guerrera y colectiva, como forma imbatible de resistencia cultural, se conserve intacto en el marco de los 25 años de la declaratoria del carnaval de la ciudad como patrimonio cultural de la nación.
Cerca de 130 grupos folclóricos acompañarán a la reina Michelle Char y al rey Momo, Adolfo Maury, director del Congo Grande, la danza más antigua del Carnaval, que celebra 150 años de historia. Este hombre de sonrisa afable, enorme dimensión corpórea y alma resiliente ha ejercido su reinado con una fuerza ética ejemplar: la del dolor transformado en esperanza.
La desaparición de su hijo Kevin en 2018 marcó un antes y un después en su vida. Cualquier otro habría bajado los brazos. Pero él decidió seguir bailando. No por evasión, sino por convicción, porque entendió que el tambor también puede ser consuelo y la danza, refugio cuando todo parece derrumbarse. Desfilar con machete en mano es un acto de fe, una promesa de esperanza, una forma de resistir al silencio o a la ausencia, de creer en el regreso. Porque, para él, Kevin sigue presente: en los cantos, en los coros, en cada desfile. Y esa certeza íntima es la que hoy le ha dado a su mandato una profundidad extraordinaria.
Este domingo, en la Gran Parada de Tradición su presencia trasciende el simbolismo. En su exaltación a las Farotas de Talaigua, Maury ratificará que el carnaval es en sí mismo una afirmación de la vida, incluso cuando más duele y que la alegría también puede ser un acto valiente. En tiempos de fugacidad y ruido, sus valiosas reflexiones sobre la autenticidad del carnaval nos acercan a una fiesta que también es testimonio de fe, memoria y resistencia.
En ese mismo horizonte de futuro se inscribe el papel luminoso de los reyes del Carnaval de los Niños, Sharon Acosta y Joshua Ortiz. Su entrega, carisma arrollador y alegría confirman que el semillero está vivo, que la tradición no se agota y que la fiesta seguirá teniendo quien la defienda con la misma pasión con la que se honra a sus mayores, sobre todo en este día.
La Gran Parada de Tradición es, en esencia, una lección emocional que viene a confirmarnos que sin memoria no hay carnaval y sin resiliencia no hay futuro. Así que mientras en la Vía 40 retumben los aplausos para saludar la grandeza de las danzas patrimoniales, Barranquilla seguirá salvaguardando la tradición como un acto de justicia con los hacedores, danzantes y demás actores de la fiesta de los que hemos aprendido lo que es resistir, creer y continuar.







