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El presidente Petro no puede pretender que sus gravísimas acusaciones contra el empresariado de Barranquilla pasen impunes. Sin fundamento ni evidencias tampoco elementos de juicio porque hasta ahora no ha presentado ninguno, el jefe de Estado arremetió contra el sector productivo de la ciudad que, de acuerdo con su alucinante relato, estaría recolectando $100 mil millones para financiar compra de votos con la intención de sacarlo del poder, vía constituyente.
En un firme pronunciamiento que retrató su indignación, desconcierto o malestar, los gremios de Barranquilla y el Atlántico cerraron filas, como era de esperarse, contra este burdo señalamiento en el que una afirmación engañosa al extremo, pero con apariencia de verdad absoluta lanzada por quien ostenta el cargo público más relevante de la nación extendió un manto de duda sobre la integridad de todo el empresariado sin excepción. Pese a la contundencia del rechazo, la insensata e irresponsable diatriba de Petro ha estigmatizado injustamente la labor de quienes, desde sus micro, pequeñas, medianas o grandes empresas, trabajan a diario para generar empleo, pagar sus tributos y aportar al desarrollo social de la ciudad y el departamento.
En el Estado de opinión en el que zozobramos, nada más cierto que una falacia es tan fácil de crear como de reproducir. Últimamente lo ratificamos casi a diario con los ligeros señalamientos del mandatario tan acostumbrado a acudir al atajo del populismo para distorsionar los hechos. Es lo que acaba de hacer con el empresariado de Barranquilla. Antes lo había experimentado la comunidad de Tierralta, en Córdoba, que protestaba en demanda de mejores condiciones de vida, a la que caracterizó como una facción del Clan del Golfo. Ni siquiera, pese al valiente llamado de su alcalde, Jesús Contreras, que lo conminó a ello, se dignó a excusarse. Tampoco rectificará sus sindicaciones sobre los sectores productivos de nuestra ciudad. Eso sería esperar demasiado.
Indudablemente la estrategia de acudir a una mentira, a una información falsa o a una inexactitud para descontextualizar la realidad, presentarla luego como una certeza que incite a todo tipo de teorías de la conspiración con marcados intereses electoreros no es novedad. Tampoco lo es promover operaciones de acoso y derribo contra contradictores, a quienes por voluntad propia se les gradúa de enemigos para exponerlos, desprestigiarlos y atacarlos con feroz inquina. Sin embargo, como nunca antes, estas conductas antidemocráticas que dinamitan la confianza de su gobernante con las instituciones, también con la ciudadanía, se habían expresado tan evidentes.
El presidente Petro está en campaña. ¿Quién lo duda?, si casi ni gobierna y se ha cerrado por completo a escuchar otra voz que no sea la de su propio eco. Cada uno de sus actos, así lo demuestra. Vociferar contra sus adversarios políticos o económicos, advertir conspiraciones en su contra, responsabilizar a otros de obstaculizar, cuando no de impedirle ejecutar sus mandatos populares, entre otros capítulos, hacen parte de su actual manual de funciones con vistas a satisfacer sus propósitos de poder. Parece que se hubiera activado una ofensiva de falacias con el ánimo de desatar nuevos miedos, dudas e incertidumbre entre quienes se perciben instrumentalizados e inmersos en un remolino de confusión que amenaza con tragárselo todo.
De hecho, intenta el presidente del Comité Intergremial del Atlántico, Efraín Cepeda Tarud, salirse del caótico torbellino, en el que a él y a sus representados los lanzó la sindicación del jefe de Estado. Insiste en que su acusación generalizada atiza la polarización política, la cual atenta contra la necesaria estabilidad jurídica e institucional requerida para el buen funcionamiento del país, en tanto lo convoca a revelar pruebas y a presentar denuncia formal porque se trataría de un delito. Sería lo imprescindible, además de lo correcto si existiera voluntad de aclarar el asunto.
En todo caso, el señalamiento en sí mismo ha sido una falta de respeto contra una ciudad, contra un departamento, a los que Petro parece estarles pasando una cuenta de cobro. ¿Presidente, qué le debemos en Barranquilla y en el Atlántico? Tenemos derecho a que nos explique el porqué de su animadversión que no entendemos. Perdimos los Panamericanos porque nos dejó solos; cada día nos ahogamos más en la crisis de las elevadas tarifas de energía y sus anunciadas soluciones nada que se materializan; la inseguridad nos agobia y aún esperamos salidas de fondo. Hagamos una vaca, sí, pero para que nosotros mismos empecemos a buscar cómo resolver nuestros problemas, ahora que el mandatario le dio por estigmatizar a quienes trabajando honradamente le apuestan a crear empleo digno para su pueblo. Imposible algo más paradójico.








