Los desafíos que se le presentan al nuevo gobierno no son sencillos: crisis económica, aumento en los niveles de criminalidad y una corrupción rampante que ha penetrado en las más altas esferas del Estado, estas deberán ser las prioridades del nuevo inquilino del Palacio de la Aurora.
Se estima que las primeras decisiones tendrán que ver con el fortalecimiento de las relaciones con los gobiernos de Estados Unidos e Israel, una decidida apertura al capital extranjero, una drástica disminución del tamaño del Estado y un severo ajuste fiscal, además de una ola de privatizaciones que incluyen al gigante mundial del petróleo, Petrobras.
Asimismo, el programa del exoficial del ejército, promete una revisión de las relaciones comerciales contenidas en el Mercosur, una alianza que había sido prioritaria desde la creación del pacto, y cuya supervivencia queda en entredicho en caso de que la potencia económica regional decida abandonarlo.
Al margen de las medidas que evidencian un cambio de rumbo natural, surgido de la tendencia política del nuevo gobierno, importantes sectores políticos y de la sociedad civil confirman su preocupación por el discurso de Bolsonaro y sus colaboradores, ampliamente divulgado en su campaña y parcialmente confirmado en algunos apartes de su primera alocución como presidente. Son esas manifiestaciones las que, según observadores, ponen en riesgo algunas de las más importantes conquistas de minorías, defensores de derechos humanos y ambientalistas.
En efecto, el nuevo presidente no se ha medido al declarar sus posturas misóginas, racistas y homófobas, incluso hasta el punto de culpar de los problemas más graves que aquejan al país a las corrientes que promueven la igualdad de género, los derechos de la comunidad LGTB, la protección de los pueblos indígenas y afrodescendientes, y la preservación del medio ambiente.
Por su parte, la oposición liderada por el expresidente Lula Da Silva, condenado por corrupción, promete cuatro años de resistencia contra lo que consideran un retroceso hacia los oscuros días de las dictaduras militares, lo cual anticipa un clima de polarización que crecerá a medida que el ejecutivo trate de hacer realidad sus promesas de campaña.
El continente y el mundo tendrán los ojos puestos en la manera en la que ejercerá el poder este hombre que se ha declarado abiertamente como un nostálgico de la dictadura, con todo lo que ello implica para un país que luchó arduamente para recobrar la democracia, los derechos individuales y colectivos, y el reconocimiento de la libertad. En su posesión habló de su compromiso con la democracia y de gobernar “para todos”. Ya se verá.








