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Opinión

Tres mujeres de Escalona

Inédito: hace 12 años, en agosto de 2005, Rafael Escalona aceptó una invitación de La Cueva para recordar los orígenes de sus canciones. Esto fue lo que nos contó sobre La vieja Sara, La casa en el aire y Rosa María:

Por allá decir la ‘vieja Manuela’ o la ‘vieja María’ no es despectivo, es un calificativo cariñoso, como ‘mi viejo’, que significa cariño, ternura, reconocimiento de autoridad, de afecto. Yo no tengo el lenguaje cervantino suyo y tengo que hablar como hablan los vallenatos. A la ‘vieja Sara’ todo el mundo la conoce, y yo era bastante muchacho cuando me llevó donde ella Poncho Cotes, con Jaime Molina y Carlitos

Dangond, tío de José Jorge, hermano de ese patriarca vallenato Jorge, padre de José Jorge. 

Ellos me dijeron: “Vamos a conocer a la ‘vieja Sara’ en El Plan, que queda en las estribaciones de la cordillera andina, al este de Valledupar, un pueblecito bonito y sano. Ahí, cuando llega la primavera, las golondrinas vuelan sobre uno. Las mariposas se le paran en los hombros”. 

Con la ‘vieja Sara’ nos encariñamos. Yo siempre he sido muy respetuoso con los mayores de edad, y mientras Poncho Cotes y los otros formaban su gritería escuchando al ‘viejo Emiliano Zuleta’, su hijo, en la sala, yo solo escuchaba que ella me decía: ¿Y usted, cuándo vuelve? Yo volveré a hacerle una visita, pero solo, no con tanta gente. Y entonces pasaban los días, y la gente que me visitaba me decía: “Oiga, la ‘vieja Sara’ está resentida, que usted no le ha hecho la visita que le prometió”. Entonces yo vine a Barranquilla a comprar unos repuestos para mis tractores adonde Ernesto McCausland, mi gran amigo, que tenía una agencia de tractores, creo que había sido gobernador o era en ese entonces, y me dice: “Me encontré con Poncho Cotes en El Plan. ¿Y que qué recado tienes para la ‘vieja Sara’?”. Y entonces le respondí: “Tengo que hacerle a la ‘vieja Sara’ una visita que le ofrecí, pa’ que no diga de mí, que yo la tengo olvidada. También le llevo su regalito…”.

La casa en el aire se la hice a mi primera hija, Ada Luz. Recuerdo que en la finca de mi papá había una señora vieja que había criado a los muchachos y tenía 60 años de vivir en esa finca. Era la ‘vieja Chúa’, y con ella también vivía su hija, Mercedes, a la que Chúa le mecía su hamaquita hedionda a meaos, para allá y para acá, y le cantaba a mi papá: Coronel Escalona, si no me le da 25 novillas o 10 potros, no se la entrego y tiene que hacérmele casa junto a Pedro Castro Monsalvo o no se la doy. 

Ella lo refería en su lenguaje grato, sincero y sentido. Yo tuve oportunidad de hacerlo poéticamente, pero en sí, es la misma casa en el aire, un sentimiento de todos, así muchos no lo hayan cantado ni divulgado. Yo lo sinteticé. Aunque no sea posible, es lo que uno quiere para sus hijas. Pero luego vino Rosa María y yo sabía que, cuando tuviera 12 años y aprendiera a hablar, me iba a preguntar: “Hey, ¿por qué a ella sí y a mí no?”.

Valledupar queda en las estribaciones de la Sierra Nevada y de la Cordillera de los Andes. Así, mirando para cualquier lado, encontré un recurso: Voy a hacer que brote un manantial, en lo más alto de la serranía, en donde solo se pueda bañar, cuando sienta calor Rosa María... (Continuará).

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