La comisión de la verdad
Es sorprendente la diferencia que existe entre la posición de las víctimas y la de los políticos y empresarios –del campo y la urbe–: mientras aquellas buscan saber qué pasó, que se les reconozca y resarza con la promesa firme de no repetición, estos sueltan el eterno sainete “sin impunidad”, que quiere decir, cárcel o muerte. Así lo entiendo, cuando desde esos sectores salen aullidos, más que voces, pidiendo castigo a la medida de sus propios deseos y bajos sus términos.
Ha sido tan fuerte su expresión, gracias al eco y las ondas que los grandes medios de comunicación se dedican a levantar en la opinión pública de forma permanente en todas sus emisiones: es frente a esa Comisión de la Verdad donde sus dueños y directivos tendrán que dar cuenta del daño que le han hecho al país con esa forma de presentar el conflicto y las conversaciones de La Habana, bajo una exclusiva y estrecha perspectiva, donde hasta el presidente Santos pasa a ser un pobre pendejo engañado por las omnipotentes Farc bajo la égida del castrochavismo.
A esa comisión deberán presentarse y aceptar su participación en el conflicto en forma directa los empresarios del campo que, abandonados por el Estado, escogieron los ejércitos particulares para defenderse y terminaron masacrando poblaciones y creando el mayor éxodo que ha vivido Colombia: seis millones de personas desplazadas internamente y cuatro en el extranjero. También deben llegar quienes compraron de buena fe tierras expoliadas a terceros más pobres,tanto como quienes se hicieron los locos y a sabiendas extendieron los cercados sus fincas.
No podrán faltar a la cita de la comisión quienes recogían los dineros en la alta sociedad del Caribe colombiano, serviles alcahuetes de reconocidos traficantes con quienes se enriquecieron lavando dólares, y aquellos que participan aún como mascarones de proa de ellos en mil negocios, que casi todo el mundo conoce.
Desde luego tendrán que ir tanto los comandantes insurrectos y los paramilitares de quienes conocemos toda clase de atrocidades, como aquellos que bajo sus órdenes participaron en masacres y sembraron muerte y desolación.
Sin embargo, lo que la Nación necesita es oír de viva voz de esos señorones azuzadores de la guerra, que tantos beneficios sacan de ella, la admisión pública de lo que todos comentamos en privado y sabemos cierto. Eso es lo que nos daría el Ubuntu y la promesa de no repetición, pues el origen de la guerra no es otro que la desigualdad infame con la que se enriquecieron muy pocos. Sí, por lo menos nos lo deben en el Caribe, porque fue de la alta sociedad y la pequeña burguesía de donde surgieron los comandantes de ambos ejércitos ilegales. Como decía, sus actividades son vox pópuli, de modo que no les quedará muy duro confirmarle a la ciudadanía la veracidad de las mil historias –algunas casi de ciencia ficción– que ya forman parte del anecdotario del conflicto que a todos, sin excepción, nos ha estremecido.
losalcas@hotmail.com
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