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Una chica de escasos 21 años con un corte de cabello a la garçon está sentada en un auditorio semicircular con los brazos sobre los muslos; tiene las manos juntadas, y da la sensación de que los dedos de la mano derecha juegan haciendo girar una sortija que lleva en alguno de los dedos de la mano izquierda; las piernas están recogidas debajo de la pequeña silla, el tronco y la cabeza levemente inclinados a la izquierda, y mira con una especie de desafío sereno a un punto en la distancia o quizá a alguna persona que le habla y que no fue captado en la imagen. A su diestra o en el fondo –de acuerdo con el ángulo en que fue tomada la fotografía–, dos hombres vestidos de la misma forma, sentados detrás de un mostrador en dos sillas de madera altas y severas, se cubren el rostro con la mano derecha.

La joven menuda, de pantalones vaqueros, blusa manga corta de color claro y mirada segura es Dilma Rousseff, actual presidenta de Brasil. Los dos hombres que se cubren la cara ante el lente de la cámara, son efectivos de las fuerzas armadas, miembros del Tribunal militar que la juzgó por rebelión en 1971. Eran los años de la dictadura militar que desangró al país y pocos días después de que fue tomada esta fotografía, Dilma fue arrastrada hacia los calabozos y torturada varias veces. De aquellos vejámenes, quedaron las secuelas de los golpes que le sacaron varios dientes y le desencajaron la mandíbula. Entre golpizas y choques eléctricos intentaron sacarle una verdad, pero Dilma nunca delató a nadie. 

Nadie sensato niega los graves problemas que afectan el gobierno de Dilma Roussef en Brasil, pero careceríamos de la misma sensatez si no pusiéramos en la discusión otros elementos importantes para el análisis de la situación. No es poca cosa decir que cerca del 60% del Congreso que hoy pretende destituirla tiene causas judiciales pendientes, la mayoría por corrupción. Esos mismos congresistas que parecen levantar una cruzada por la moralidad, no tienen la altura moral suficiente para hacer de jueces.

Los diputados dedicaron sus votos contra Dilma, revelando qué se esconde detrás del supuesto repudio a la corrupción y honrando sus causas. Votaban en nombre de la familia, de Dios y la Patria. Parecía un ritual de ofrendas a los valores de la derecha que, por si alguien aún se atreve a dudarlo, incluían votos en nombre de militares de la dictadura de los 70. El congresista Jair Bolsonaro, conocido por homofóbico y racista, dedicó su voto al coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, condenado en 2015 por secuestro y tortura. 

El peso de la dictadura vuelve a posarse sobre Dilma y sobre los valores democráticos de Brasil. Lo que podría ser una justa sanción por la indignante corrupción, esconde en sus entrañas la evocación de aquellos días en que la dictadura militar sacaba dientes, violaba mujeres y desaparecía personas en nombre de lo mismo que hoy evocan los honorables congresistas.

javierortizcass@yahoo.com

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