«¿Por qué leemos tantos autores argentinos?», preguntan en ocasiones mis estudiantes. «Porque los argentinos llevan ventaja no solo en fútbol, también en literatura», suele ser mi respuesta. Hubo un tiempo —les digo—, en que su selección se daba el lujo de formar con un tridente más temible que el del Bayern Múnich: Cortázar, por izquierda; Borges, por derecha; y el gran Ernesto Sábato, especialista en túneles, como ariete por el centro.
No a todos les gustaba el juego, eso está claro. “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, polémica frase de Borges que viene a mi mente por estos días de frenesí futbolístico. A Borges —que era ciego, quizá por eso no le gustaba el fútbol—, le habría encantado en cambio ese cuento de Cepeda Samudio donde Juana se pasa los domingos matando futbolistas con su cerbatana. En estos momentos, es a uno a quien podrían linchar si se atreviera a pronunciar esa frase herética en una de las muchas cervecerías con pantalla gigante que pululan en la ciudad. Borges, al parecer, era el único argentino al que no le gustaba el fútbol. Tampoco le gustaba el tango. Acusaba a los inmigrantes italianos de haber arruinado la música pendenciera del arrabal hasta convertirla en ese deplorable lloriqueo de despecho que propagó por el mundo Carlos Gardel.
En uno de esos modernos “spot”, también conocido como “fan zone”, que pese al nombre pretencioso no es más que la antigua carpa donde bulle el nacionalismo, muchos hinchas, también conocidos como fanáticos, consideran que el fútbol es un asunto de vida o muerte. Algunos incluso que es mucho más importante que eso. Quizá convenga pedir una cerveza fría, soltar un par de madrazos al árbitro y recordar mejor a Eduardo Galeano, el célebre autor de Fútbol a sol y sombra, quién sí que sabía apreciar la incomparable belleza del deporte: “Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol —decía—. Voy por el mundo sombrero en mano, y suplico en los estadios: una linda jugadita, por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece".
Toda la vida converge en una obra literaria. Por eso volví a leer el cuento “19 de diciembre de 1971”, de Roberto Fontanarrosa, que muchos consideran el mejor relato futbolero de la historia. El palpitante secuestro del viejo Casale, el amuleto infalible, el talismán sagrado, en cuya presencia el equipo amado es invencible. La dramática historia de un viejo hincha cardíaco que morirá feliz, pleno, realizado, gritando un agónico gol en la tribuna de un estadio. Porque en la vida —para volver a Eduardo Galeano—, “un hombre puede cambiar de mujer, puede cambiar de partido político, puede cambiar de religión, lo único que no puede cambiar es de equipo de fútbol”.
Y como hoy jugamos con nuestros ekobios de Ghana, dejaré que en el “spot” resuene: “Mami, prende la radio, enciende la tele, no me molesten que hoy juega La Sele”. Yo, por mi parte, frente al televisor, escucharé una vez más la tercera estrofa del bellísimo himno “Colombia Caribe”, de Francisco Zumaqué, y me encomendaré a los orichas:
“¡Viva Elegba y Changó! / ¡y que viva San José! / ¡Babalú y Yemayá! / ¡y el culto a Mayombeeé!” ...








