Joel Canchimbo, el joven delantero de Junior, tiene las particularidades de los punteros de antes, de siempre: la velocidad como punta de lanza de su ambición ofensiva. Corre raudo y muy cerca de la raya lateral, amaga, intenta engañar al rival que se le opone. Hay un inocultable gesto desafiante en sus lances. Se regodea en crearles problemas a los defensores. No se intimida ante la posibilidad de perder la pelota, arriesga mostrándosela al rival y confía en su capacidad de desequilibrio. Como todo buen apostador sabe que no todas las veces va a ganar, pero se atreve.

El Junior de estos días está utilizando con mucha frecuencia su larga y potente zancada y su ímpetu juvenil para ganar profundidad y generar peligro. A veces, creo, como único riel del tren ofensivo del equipo.

Canchimbo, es obvio, está en el proceso de ir transformándose en un mejor futbolista, de poner de acuerdo sus condiciones con lo que el juego y el equipo necesitan. Esto es, ir mejorando la inteligencia de juego, la toma de decisiones. Empezar a saber detectar cuándo la mejor vía es la aventura individual y cuándo es mejor acompañado. En qué zona arriesga y en qué zona se asocia. Cuando puede y debe finalizar por sí solo la jugada y cuándo servir el pase gol. Futbolistas con estas características suelen tener alguna dificultad para salir de la gambeta y los amagues con todo el panorama de la jugada.

El Junior y el fútbol colombiano están frente a un proyecto muy alentador, pero proyecto al fin al cabo. Su consolidación dependerá, entre otras cosas, de sus ganas para seguir mejorando; de entender la esencia colectiva del fútbol, sin perder su esencia de solista; de su cuidado personal y de su humildad para aceptar correcciones.