En lo relativo a la justicia, la ‘centroizquierda’, una gelatina amorfa y dulzona que no se sabe bien qué es, tiene un problema de coherencia. Y aunque los candidatos de la ‘centroderecha’ –que es igual de amorfa, pero menos azucarada– aún no me convencen de ser la mejor opción para gobernar el país, no podría votar por el bando izquierdo mientras no explique sus contradicciones. O al menos las admita.
La incoherencia salió a flote esta semana a raíz de la infame violación denunciada por la periodista Claudia Morales. Candidatos, analistas y demás figuras notables del centrozurdismo repudiaron, con razón, el crimen cometido contra la comunicadora. Una voz destacada de esa corriente, la del columnista Ricardo Silva Romero, rechazó, por ejemplo, “la impunidad en relación con los delitos de violencia sexual” y dijo, agriamente, “aquí los hijos de puta sí mueren de viejos”.
¿Perdón?
No hace nada que, por exigir que esos mismos delitos no quedaran impunes bajo el acuerdo con las Farc, miembros vociferantes del susodicho bando nos acusaron de ‘guerreristas’, ‘paracos’, ‘amantes de la sangre’ y no faltó el que nos dijo ‘hijos de puta’. (A propósito, pedíamos algo de cárcel para los culpables, no una muerte temprana).
Lo siento, pero no es coherente que quienes aplaudieron la mayor operación de amnesia jurídica de la historia del país se aterren ahora ante la impunidad. No puede ser que el abuso sexual sea aborrecible si involucra a personalidades de los medios, el dinero o el poder, como Claudia Morales –víctima– o Rafael Uribe Noguera –monstruo–, pero indultable si afecta a las campesinas de la Corporación Rosa Blanca, violadas y ultrajadas con sistematicidad y sevicia por todos los grupos armados de este país.
Cuando se aceptan dos ideas incompatibles entre sí, se padece la condición que los psicólogos llaman ‘disonancia cognitiva’. O lo que el novelista George Orwell, en su ficción distópica 1984, llamó ‘doblepensar’: la habilidad de creer que dos cosas opuestas son simultáneamente ciertas. En esa novela, ‘doblepensar’ era un talento necesario para ascender en el Partido. En el lenguaje corriente, a ese talento le llamamos doble moral.
Para recuperar la credibilidad frente a asuntos tan graves como la violación y el abuso infantil, la centroizquierda deberá defender el doble rasero que aceptó al respaldar el acuerdo con las Farc; una tarea nada sencilla. Y algo similar deberá hacer en cuanto a la corrupción, pues cada día queda más claro que el catamarán de la paz flotaba sobre un mar de (amorfa y dulzona) mermelada. ¿Justificó el fin los medios empleados? La pregunta es tan antigua como difícil.
Para pasar la página, en lugar de tapar las incongruencias con un dedo, o ignorar que existen, sería mejor simplemente asumirlas. Decir, como el poeta Whitman, “¿Que yo me contradigo? /Pues sí, me contradigo, ¿y qué?”. Parte considerable del país, donde la centroizquierda recaba el grueso de sus votos, ya estuvo de acuerdo con indultar las atrocidades de las Farc. Seguramente no tendrá problemas en excusar una falta considerablemente menor.
@tways / ca@thierryw.net