En su columna publicada en El Espectador, en la cual describe el atroz episodio de su violación, Claudia Morales nos pide respetar su derecho a guardar silencio.

Y, a pesar de que en el mismo texto circunscribe al culpable a un puñado de hombres de su pasado que todo el mundo conoce, y de que en sucesivas declaraciones públicas ahonda en fechas, precisiones históricas, descartes de antiguos jefes suyos a quienes quiere y admira, nos invita también a que no juguemos a los sabuesos, a que no conjeturemos, a que no supongamos, a que no presumamos.

Como era de esperarse, la opinión pública –que en estos tiempos se expresa en vivo y en directo a través de las redes sociales– no atendió el llamado de Claudia; la gente no entendió o no quiso entender que una supuesta reacción equilibrada debía limitarse a condenar genéricamente los ataques sexuales contra genéricas mujeres, perpetrados por genéricos jefes poderosos, en lugar de tratar de darle un nombre al culpable, a quien ella llama “Él”, con la mayúscula inicial de Dios.

¿Es eso lo que quiso en realidad Claudia Morales? Y si es así, ¿por qué no se limitó a decir que alguien de su pasado había cometido contra ella el más abominable de los vejámenes, sin ofrecer a cuenta gotas pormenores que apuntan hacia una sola persona?

El prestigioso periodista Jon Lee Anderson, miembro permanente del equipo de The New Yorker, trinó lo que todos hemos visto durante los últimos días en las redes sociales: “…en Colombia se está produciendo un cuchicheo en medios sobre violaciones presuntamente cometidas por el expresidente Álvaro Uribe Vélez”. El veterano comunicador norteamericano se atrevió a registrar sin ambages una tendencia indiscutible, que días después ha hecho por fin reaccionar –de una manera por demás inapropiada– al senador Uribe: un gran número de colombianos cree que él es “Él”.

Por supuesto, esta creencia, esta interpretación de los dichos de la víctima, no constituye prueba alguna contra el mencionado político, pero tampoco es, de ninguna manera, una acusación. Es una conclusión casualmente compartida por muchos, derivada de las pistas que ha ido dejando en el camino Claudia Morales, queriendo o sin querer (que su atacante fue uno de sus jefes, que los hechos ocurrieron en un hotel antes de que existieran las redes sociales, que una de las razones de su silencio fue proteger la carrera profesional de su padre, que el presunto violador es un hombre poderoso a quien parece no alcanzarlo la justicia, entre muchas otras), sobre la cual el senador tendrá que pronunciarse a fondo, y la víctima tendrá que desmentir o confirmar, si es que ambos no desean que este caso permanezca para siempre en las aguas turbias de las elucubraciones.

A pesar del morbo, de las ligerezas y de los oportunismos políticos, existen genuinas preocupaciones de personas que no solo se solidarizan con el dolor de la periodista, sino que entienden que lo que ella ha dicho y lo que ha querido decir es de una gravedad irrebatible.

En un país como Colombia, que no termina de librarse de una tragedia para meterse en otra, no es aceptable la indolencia cuando una mujer denuncia que fue violada por un hombre con poder e influencia. Si lo que queda de todo esto es más silencio y solidaridades protocolarias, ¿qué será de nosotros?

@desdeelfrio