Más allá de la euforia y algunas muestras de apatía o indignación por la entrega del Nobel de Paz a Juan Manuel Santos, importa el papel que este cumplirá a futuro, de cara al mundo.
Intentar poner fin a un conflicto de más de 50 años con las Farc representa una acción digna de reconocimiento al esfuerzo en la negociación, del diálogo y la no utilización de la fuerza para resolver conflictos. Pero como Nobel, el principal reto de nuestro presidente será su papel en la búsqueda de respuestas globales a los problemas que afectan la paz y la seguridad internacionales. Al igual que sus antecesores, tendrá no solo el poder sino el deber de impulsar soluciones efectivas, que requieren de su habilidad política, pero también de la toma de posturas, seguramente incómodas, si uno mira su histórico actuar.
Juan Manuel Santos hoy representa los intereses neoliberales del mundo globalizado y especialmente de Estados Unidos en las instancias internacionales en las que, como el Consejo de Seguridad, tuvo asiento Colombia durante su gobierno. Su mandato disminuyó apoyo a organismos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y hemos evadido compromisos adquiridos mediante tratados de solución pacífica de controversias como el Pacto de Bogotá y la Corte Internacional de justicia.
En su discurso al recibir el Nobel, se mantuvo en su terreno de confianza. Con gran detalle sobre nuestro proceso de paz, no hubo espacio para los problemas globales, que hoy más que nunca, alejan las esperanzas de la paz a nivel mundial.
La declaración conjunta de Nobel de Paz en la Cumbre mundial 2015 resaltó la situación de los refugiados como la que más acongoja a la humanidad. Al parecer ninguna iniciativa al respecto mereció este año el más importante galardón de iniciativas de paz.
El término refugiados no estuvo en el discurso de nuestro Nobel. Escasamente se pronunció sobre el flagelo del narcotráfico y la importancia de su lucha, que, si bien no es menor, sigue estando en la línea de la lucha del crimen trasnacional, que no corresponde a los motores principales de las grandes catástrofes humanitarias que tienen a 65 millones de personas sin hogar, y en condiciones de inhumanidad nunca antes vista.
Internamente, Santos ha optado prioritariamente por la deportación masiva de migrantes. Luego de deportar a más de 3.000 cubanos dijo: “Es un problema de legislación nuestra, tenemos que cambiar la legislación para ser más efectivos en el control de ese tipo de inmigrantes que generan problemas a los alcaldes en las ciudades donde se ubican”. Pese a recientes llamados a buscar soluciones globales en la cumbre sobre migración realizada en Nueva York, su discurso es más cercano a la retórica que de liderazgo en causas humanitarias globales.
Vale la pena preguntarnos si el Santos Nobel que hoy promete a Trump fortalecer la relación especial y estratégica entre Colombia y su Gobierno, asumirá también su postura frente a los temas claves de paz a mundial como migración y conflicto en Medio Oriente.
Es predecible que mientras sea presidente mantenga su tibia postura y también previsible que la próxima Cumbre Mundial de Nobel de Paz que se realizará en Bogotá en febrero próximo se centre en la importancia del perdón, como se anuncia hasta hoy. No resto importancia a esta herramienta de sanación frente a heridas abiertas por el conflicto, pero la crisis humanitaria actual requiere impulsar iniciativas más determinantes en el mapa geopolítico global.
Una vez termine su mandato sabremos hacia qué causas perfila Santos su Nobel. Malala (2014) hoy confronta a varios expresidentes en pro de la igualdad de género y la educación, el Cuarteto de Túnez(2015) se perfila como el gran impulsador de acciones contra el terrorismo y la liberación de Palestina, en la misma línea que Mandela. Aunque el reconocimiento y recordación de los premios Nobel no ha provenido especialmente de los expresidentes que se lo han ganado, Santos puede escoger entre liderar grandes causas o ser un burócrata internacional más.
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