Décadas de guerra nos han dejado una marca en nuestro modo de vivir, de relacionarnos, de actuar y, sobre todo, de entender nuestra sociedad. Llegó el momento que todo el país ha soñado por mucho tiempo: por primera vez la guerrilla más antigua de América firma con el Gobierno colombiano un acuerdo de paz. Y esto lo tendremos que avalar el 2 de octubre, en una votación muy distinta a las que hemos venido haciendo, en la cual el ganador o perdedor no será un partido político ni un individuo, sino la sociedad colombiana de hoy y del futuro. Eso, sinceramente, parece que no se ha logrado entender por parte de amplios sectores del país.
Para no cometer equivocaciones irreparables con el voto del 2 de octubre es fundamental que empecemos a entender qué significa vivir en paz. Si la actitud frente al que piensa diferente a uno no cambia, pasarán muchas cosas negativas con consecuencias irreparables para nosotros y para nuestros descendientes. Por eso no se trata de un voto más sino de un voto histórico. Debemos empezar por reconocer que hemos desarrollado nuestra existencia en medio de la confrontación, del odio, de la falta de un diálogo desprevenido.
El conflicto se volvió parte de nuestras vidas y nos acostumbramos a vivir así: odiando a la guerrilla, otros odiando a los paras y todos odiando a los políticos como responsables de esta situación permanente. A esto sin duda ha contribuido el narcotráfico y su narcoterrorismo, que sigue doliéndonos por las víctimas que agregó a aquellas de la guerrilla, de los paras y de las mismas Fuerza Armadas. Recuerden: guerra es guerra.
Por ello, el primer esfuerzo que tenemos que hacer todos los colombianos es aprender a cerrar ese capítulo para iniciarnos en una tarea muy compleja: aprender lo que significa resolver nuestras diferencias con los instrumentos que nos da la democracia, hasta ahora, muy imperfecta. Es decir, lograr a través de una política de verdad y no esta que tenemos, encontrar los puntos de encuentro y las diferencias dirimirlas sin odio. Porque odio es lo que tenemos hoy en nuestro país. Insultos, descalificaciones, ira, es decir pasiones que no permitirán la objetividad que se requiere para que nuestra decisión del 2 de octubre no nos produzca arrepentimiento por el resto de nuestras vidas.
Es realmente lamentable que nuestros supuestos líderes políticos no hayan entendido ese momento histórico que vivimos y se estén matando con sus palabras en vez de ayudarnos a entender bien lo que está sucediendo en el país. Estamos pasando de un conflicto armado con las Farc a la guerra de odios entre Uribe y sus seguidores y Gaviria y los suyos. Imperdonables sus actitudes, pero lo positivo es que nos están demostrando que Colombia tiene una seria crisis de liderazgo y que requiere nuevos partidos políticos y nuevas personas que empiecen a guiarnos a ese cambio trascendental de pasar de vivir en guerra a aprender a vivir en paz.
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