Las Farc eligieron a los últimos tres presidentes. A Andrés Pastrana, porque decidió negociar con ellos y lograr la anhelada paz; a Álvaro Uribe, en dos ocasiones, porque ante la humillación y la vergüenza nacional por la imagen de un mandatario mirando descorazonado una silla vacía, prometió acabarlos militarmente; y a Juan Manuel Santos, en la primera ocasión porque había acompañado a Uribe a ‘darles en la jeta’ como ministro de Defensa, y en la segunda –en medio de una fuerte oposición de su antiguo mentor, que estuvo a pocos votos de aguarle la reelección– porque decidió jugársela con las mesas de diálogo. Algo queda claro aquí, y es que desde varios años, la agenda política nacional la definen las Farc.
Aunque algunos de los paramilitares desmovilizados en realidad eran solo una manga de mafiosos narcotraficantes que aprovecharon la coyuntura para disfrazarse de anticomunistas, el máximo sustento del paramilitarismo ha sido el discurso y la acción antisubversiva. Para eso tuvieron el apoyo del mismo Estado, de políticos, de empresarios y comerciantes, y hasta de gente del común, que les facilitaron el camino para perpetuar las masacres de cuyas secuelas las víctimas no terminan de reponerse.
La lucha contra las Farc ha servido para todo. Para reducir al pertinente debate político e ideológico que merece toda nación civilizada, a una pobreza extrema que raya en la caricatura. Para decirle guerrillero en la cotidianidad de las conversaciones callejeras y virtuales a todo aquel que medianamente piense por fuera del orden, y lo más doloroso, para justificar el asesinato sistemático de personas inocentes, hacerlas pasar como guerrilleros, mostrar ‘avances’ en la lucha antinsurgente, y de paso, para que unos cuantos militares disfrutaran de ‘merecidos’ ascensos, permisos y vacaciones remuneradas.
Debido a la guerra con las Farc, Colombia fue el segundo país suramericano, después de Brasil, que más dinero invirtió en la compra de armas entre los años 2006 y 2010. También por causa de la guerra con las Farc, del gasto de funcionamiento general de la nación vigente para el presente año, el sector defensa y seguridad se lleva el 21,4%, mientras que salud funciona apenas con el 7,08%, justicia con el 6,35%, transporte con el 0,5%, agricultura con el 0,3%, cultura con el 0,17% y deporte y recreación con el 0,02%.
Ha sido debido a la guerra con las Farc que las imágenes religiosas que conservan muchas madres pobres en sus escaparates, ya no sirvan para pedir milagros, sino para ser usadas en los velorios de los hijos que se fueron a la guerra, y regresaron a sus casas envueltos en bolsas plásticas y en un trapo tricolor que los guerreristas del país ondean desde la comodidad de las oficinas.
Con los últimos acuerdos de La Habana se ha dado un paso importante para que las Farc dejen de ser quienes definan la agenda del país, y para que algunos abandonen la redomada costumbre de usar el discurso antisubversivo como comodín para su reprochable accionar político. Si las Farc cumplen con lo pactado, y si nos sacudimos de la tradición de ser un país que asesina a los guerrilleros desmovilizados, es el momento de cambiar la agenda nacional. Solo así podremos concentrarnos en los compromisos aplazados después de 60 años de guerra.
javierortizcass@yahoo.com








